Rodillas al piso, manos apuntando al cielo, y semblante lleno de gloria máxima. Una postal de lo que fue el 2018 de River.

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El cielo con las manos

Hace unos días iba camino al Monumental para retratar en nuestra casa la promesa que había hecho previo a la final. Y estaba llegando al estadio con mi nueva cabeza platinada, mientras se me vinieron a la mente una vez más los recuerdos del "9D" en Madrid.

Rodillas al piso, manos apuntando al cielo, y semblante lleno de gloria máxima. Una postal de lo que fue el 2018 de River.

Rodillas al piso, manos apuntando al cielo, y semblante lleno de gloria máxima. Una postal de lo que fue el 2018 de River. (Foto: Getty)

Por
Nadir Ghazal

Y en el instante que empezó a asomar el estadio en mi paisaje visual apareció una intrusa. ¿Viste que a veces de la nada se te pianta una lágrima? ¿Que, de un momento a otro, la sentís en algún ojo y empieza a caer de a poco hasta que le cortás el envión con el dedo índice? Bueno, así fue. Apareció sin pedir permiso, mientras la piel se erizaba y el pecho se volvía a inflar de una energía incomparable.

El 14 de marzo estuve en Mendoza, y creí que ya el 2018 me había regalado lo máximo que podía imaginar para este año a nivel deportivo. Ganarles una final oficial en la cara a ellos había sido una experiencia única e irrepetible, y empardar o superar algo así en tan poco tiempo sonaba realmente ridículo.

Pero evidentemente los equipos de Gallardo no se mueven con lógica, siempre superan los límites establecidos, y nunca dejarán de sorprendernos. Llevan todo el tiempo en su ADN la capacidad de tener una carta abajo de la manga que siempre supera al as de espadas que creían haber jugado alguna vez. 

¿Hubiera sido merecido para este plantel coronar la frutilla del postre jugando la final del Mundial? Claro, pero es imposible que eso se convierta en un reproche. Después de lo ocurrido en España, después de estar tres veces abajo en el marcador, después de bancarse todas las barbaridades que ocurrieron y que los llevaron a la ridícula decisión de jugar en otro continente. Todo lo que venga después de aquello iba a ser un regalo extra que no tapará lo anterior. Porque ustedes no nos deben nada, señores. Ya están inmortalizados.

Hoy todo el mundo River tocará el cielo con las manos para culminar un año lleno de encanto, y para agradecerles a cada uno de los campeones de América por esa lágrima que se nos caerá tantas veces en el futuro sin pedir permiso, en alguno de los tantos instantes que recordemos lo que pasó en Madrid.

Será el cierre de círculo perfecto, y en el lugar ideal, para que el festejo pueda cosechar todos los condimentos que quedaron pendientes. Porque el golpe de no poder jugar la segunda final en nuestra casa fue tan duro como injusto, y hoy taparemos ese hueco en nuestros corazones celebrando juntos, en el espacio geográfico que debió ocurrir siempre.

Gracias infinitas a cada integrante del mundo River que hizo posible este 2018 inolvidable. El año que marcará un quiebre positivo y eterno en la historia del fútbol, y también en las memorias de la vereda de acá y en la de enfrente. El año en el que cerraron todas las heridas. El año futbolístico de nuestras vidas.

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