En la cancha donde faltan varios sectores por construir, la gente de River volvió a mostrar toda su fidelidad y, además, le hizo sentir el peso de la historia a los fanáticos locales. Todos conocen el guión, pero la función se repite una y otra vez.
Las cámaras de televisión enfocan una platea coqueta, con pintura en buen estado, iluminación óptima y mucho confort. Sin embargo, no todo es color de rojo. Del otro lado, donde se encuentran las máquinas encargadas de enviar las imágenes para que millones de personas sigan las alternativas a través de la pantalla chica, una platea exhibe el gris del cemento y los huecos permiten observar la cancha de Racing, mientras la gente millonaria se despida al grito de “hijos nuestros, hijos nuestros”.
Independiente actúa como local en una obra en construcción y nadie sabe a ciencia cierta cuando finalizará, pero lo que todos saben es que la paternidad de River es una obra terminada y no sólo se refleja a través de los resultados, sino que también en las tribunas, donde la diferencia fue mucho mayor que la expresada en el campo de juego. “Rojo, yo tengo un cag… que esta cancha de mier… se venga para abajo”, fue el hit desde temprano, horas antes de que pasara lo mismo de siempre.
Unas 5.000 almas acompañaron a River en Avellaneda, cruzando el Puente Pueyrredón y llegando desde diversos puntos de zona Sur. El micro del plantel, estacionado a pocos metros del acceso visitante, fue la estrella destacada antes y después del partido, debido a que muchos hinchas aprovecharon para sacarse fotos grupales e individuales debajo del escudo y de la insignia que instaló la Comisión Directiva el año pasado.
El espacio fue prácticamente nulo en la bandeja ubicada cerca de la torre número uno. Pero eso no impidió que Matías Almeyda sintiera el fervor en reiteradas ocasiones, especialmente cuando dejó mano a mano a Erik Lamela y cuando le ganó en velocidad a Lucas Mareque para evitar un contragolpe peligroso. De todas formas, Mariano Pavone no se quedó atrás en el termómetro de las ovaciones y con el gol sobre la hora escuchó su apellido en la voz de todos aquellos que alentaron a River.
“Y ya lo ve, y ya lo ve, somos locales otra vez”, sirvió para dejar en claro que el duelo de estrofas tuvo un ganador vestido de rojo y blanco, tal como ocurrió en el césped. El libreto puede cambiar de actores y guionistas, incluso de escenario, pero el final siempre es igual. La obra lleva décadas de existencia y mantiene intacto el epílogo. Distinto es el asunto para el famoso Libertadores de América, una hermosa obra en construcción, sin final feliz, excepto cuando River traslada su alegría hasta Avellaneda.
Imagen: La Página Millonaria.



