Los jugadores de River se fueron del Defensores del Chaco con la cabeza gacha y en silencio, como aparentando cierto dolor por la eliminación copera. Pero esta es una historia hartamente repetida y su aparente congoja resulta menos creíble que el celibato del presidente paraguayo, Fernando Lugo.
Solo en lo que va del 2009, los jugadores se fueron con la cabeza gacha en no menos de cinco oportunidades. Ello ocurrió en los dos Superclasicos del verano (en el del Clausura no, porque los mediocres se conformaron con el empate), contra San Lorenzo en el Nuevo Gasómetro, ante Nacional de Uruguay tras la goleada en Montevideo y anoche, después del papelón que hicieron en Asunción.
En todos los casos, la escena fue la misma: un silencio sepulcral invadió el vestuario. Sin palabras y con la mirada clavada en el piso, el plantel intentó demostrar una especie de malestar consigo mismo por la falta de resultados. Lo que bien podría leerse como un sinfín de fracasos.
En el Defensores del Chaco, después del partido, la antesala al vestuario millonario se convirtió en un velorio. Dirigentes, entre los que se destacaban Fito Cuina, Mario Israel y Pablo Singerman, junto a un grupo de colaboradores y periodistas aguardaban por la partida del cortejo fúnebre, que iría desde el estadio hasta el hotel Sheraton.
Ya en la madrugada del viernes, y tras una advertencia previa de silencio estampa comunicada por el capitán Ahumada, la puerta del vestuario se abrió lentamente, como con miedo. Ahí, en fila india, empezó a desfilar la caravana de muertos y la escena fue otra vez sopa: miradas al piso, sin dar la cara y aparentando dolor. Un dolor que es tan mentiroso como ajeno.
Los únicos que anoche en Asunción sufrieron de verdad a esa altura ya estaban otra vez arriba de un colectivo que, después de 25 horas de viaje, los dejaría de nuevo en Buenos Aires. Ellos, los jugadores, si realmente sintieran dolor por alguna de todas estas derrotas no habrían forjado ayer un nuevo bochorno en la Copa.
Foto: Fotobaires.



