Gallardo pidió “no entrar en psicosis”, pero la dura realidad que reflejó River en Banfield demostró que este equipo va camino a correr la misma suerte que corrió el personaje de Janet Leigh en la película Pshyco, de Alfred Hitchcock, después de la afamada escena de la ducha. Es que por más optimista que se intente ser, hoy no sólo que los jugadores no ofrecen respuestas desde el campo de juego, si no que desde afuera, el técnico tampoco demuestra saber cuál es el camino por el que debe guiar a sus dirigidos.
Los cambios de rumbo constantes y la falta de claridad en las determinaciones de Néstor Gorosito no ayudan a rescatar a esa víctima que está a punto de caer en desgracia. Por el contrario, incentivan a que la daga apuñale todo tipo de esperanza aún en el inicio mismo de la película. Acaso, cómo exigirle templanza y definición a Andrés Ríos, si el pibe pasó del ostracismo a crack de la noche a la mañana y sin siquiera haber visto una foto de Canadá. O cómo hacerle creer a Maxi Coronel que puede jugar con tranquilidad y evitar esas peligrosas faltas al borde del área, si el defensor titular del semestre pasado ahora está en su casa y el suplente -por no decir la peor de las alternativas- lo acompaña en la zaga central de la defensa más criticada del fútbol argentino.
No hay manera, y menos aún cuando este tipo de indecisiones por parte del técnico se reiteran en cada una de las posiciones. La prueba de ello está en que un miércoles juega un mediocampo y al domingo siguiente juega otro completamente distinto. ¿Rotación? No, si recién van dos partidos. Incluso, Buonanotte fue castigado con el banco de suplentes frente a Banfield por haber tenido una buena actuación contra Lanús. Está bien, había que hacerle lugar al capitán Gallardo, pero ¿acaso Augusto o Abelairas estaban mejor que el Enano? O por caso, cuántos de estos 16 jugadores que utilizó Pipo en estos dos partidos están mejor que los juveniles a los que sólo saca a pasear en época de pretemporada.
Tampoco resulta comprensible que Gorosito exija fricción y después termine relegando a Nico Domingo para parar en la mitad de la cancha a Abelairas. El zurdo, que integró la lista de jugadores prescindibles durante el último receso, de casualidad -y si se ilumina- apenas puede llegar a generar algo de juego, pero desde hace años que no aporta ni una cosa ni la otra y todavía se mantiene en la consideración del técnico. Como Archubi, el de las diez vidas y las catorce desperdiciadas. Por suerte, a Dios gracias que ahora llegó Almeyda, el histórico al que Pipo no le atendió el teléfono en el verano y que, después de 30 o 40 días de ponerse a punto, podrá reemplazar al lesionado Ahumada, que será operado esta semana y tendrá el mismo tiempo de recuperación que el Pelado…
Así se pueden enumerar un sinfín de indecisiones o incoherencias por parte de Gorosito, y todas fueron consecuencia directa de este presente que incluye un reciente torneo en la mitad de la tabla y una eliminación de la Copa en primera fase. Aunque no hay que pasar por alto que Pipo no es el único responsable, si no apenas un intento de salvador devenido en chivo expiatorio de un drama ideado y producido por Aguilar y la Comisión Directiva. Pero como es sabido que el presidente, los dirigentes y el Consejo de Fútbol no cuentan con la capacidad suficiente como para hacer mea culpa, ni River puede seguir regalando prestigio hasta diciembre a expensas de una improbable reacción del equipo, es hora de que otro técnico asome en escena para intentar rescatar a la víctima. Pero que sea ahora, que la psicosis no es más que un mal presagio producto de otras viejas y conocidas películas.



