Todavía nos dura el estado de shock en la piel. No sé hasta cuando. Tampoco importa a esta altura de la vida. Desde los instantes previos a que Juanfer convierta un centro en un gol inexplicable hasta que la pelota del último penal besó toda la línea y se desvió fue un drama que amerita a un documental taquillero para cualquier plataforma digital. Una historia que es imposible de titular y de graficársela a un NN que quiere entender lo que significa el fútbol para nuestras vidas.

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El Monumental vivió una noche absolutamente histórica pero no desde lo deportivo, sino desde lo sentimental. Porque sería una falta de respeto catalogar la victoria de River como una épica o una hazaña. Jamás le puede caber ese tipo de adjetivos cuando estuvimos 100 minutos con un jugador más e hicimos todo lo posible para quedar eliminados contra un rival absolutamente limitado que te metió un gol de saque de arco y de un tiro libre imperdonable.
La clasificación de River se cataloga dentro de un milagro total, en medio de varios milagros totales a los cuales no estamos acostumbrados. Estos lapsos de fortuna que ocurrieron en un lapso de 10 días sobre el final en Brasil, Venezuela y Núñez no se emparentan con nuestra suerte histórica. Esos guiños del destino jamás nos acompañaron de esta manera, y menos tan seguido. Parece todo realmente de ciencia ficción.
Me animo a decir que estuvimos en presencia de la noche más delirante de la historia del Monumental. Porque River futbolísticamente es un delirio por donde se lo mire, y porque el hincha ya está más allá del bien y del mal, y delira y reacciona y se desahoga como puede o como le sale. En menos de 40 segundos el estadio explotó de ira contra el 90% de un plantel inocente que se pega un millón de tiros en los pies todo el tiempo para complicarse la vida, a pasar a la explosión y descarga absoluta con ese centro de Juanfer que terminó en gol. Mientras que 10 segundos después medio mundo se comía la vida de nervios porque se venían los penales sabiendo lo que representan para nosotros.
Y llegó el aliento infernal desde los cuatro costados para los penales. Y las reacciones de furia contra Galoppo por su irresponsabilidad y su falta de respeto al escudo, al hincha y a sus compañeros. Y el aplauso infinito a Beltrán por el primero atajado. Y la ovación a Freitas por la hermosa frialdad a la hora de patear el suyo. Y los corazones totalmente paralizados cuando Perruzzi la pateó derecho a la Centenario y cuando Beltrán manoteó el último y la pelota bailó caprichosa por toda la línea hasta el delirio final.
Realmente no hubo corazón que aguante. Se multiplicaron los famosos abrazos con desconocidos en las tribunas. Algunos lloraban. Otros reían y miraban al cielo. Otros se agarraban la cabeza a puro desconcierto sin entender el nivel de fortuna que nos tocó la puerta por primera vez de manera tan magnífica en nuestras vidas. Habíamos ganado por penales estando muertos dos veces en la serie y después de un gol milagroso en el minuto 122. Era para pellizcarse algún músculo creyendo que era todo un sueño.
Lloraban sin consuelo Juanfer y Kendry. Subiabre se fue a la tribuna a abrazar a hinchas y a regalarles su camiseta. Se revoleaban casacas por los aires. Se escuchaban cuatro canciones diferentes al mismo tiempo. Beltrán no paraba de recibir abrazos a la altura de lo héroe que fue. Mientras a 10 metros todo San Lorenzo se miraban entre ellos queriéndose enterrar ahí mismo y no aparecer nunca más en la superficie.
Los futbolistas de River saltaban como locos al ritmo de la gente cuando 20 minutos antes esos dos mundos habían colpasado como si no hubiese un mañana. Fue la radiografía perfecta para explicar todo lo que genera este River. Nos pasa todo junto al mismo tiempo, a medida que vamos esquivando pegarnos contra la banquina y que todo vuelva a explotar.
Y así fue que todos nos íbamos del estadio sin entender cómo había que reproducir las sensaciones encontradas. Una mezcla de euforia e indignación que era incontrolable, en un fin de semana que no paró de regalarnos alegrías pero con un nivel de sufrimiento sin razón de ser. Ya a esta altura habrá que resignarse que hasta el final del torneo todo será así. Seguiremos sufriendo y tratando de seguir rescatando finales felices de alguna manera. Tres partidos más, River. Por favor. No importa nada más.





