Los hinchas de River volvieron a darle rienda suelta a su deliriosin límitespara hacer del Superclásico el espectáculo más lindo del mundo. Globos, mosaicos, inflables, bengalas y toneladas de papelitos transformaron al Monumental en un carnaval tan pasional como millonario.

No hace falta contar que el operativo locura se inició varias semanas atrás. Alcanza con recordar cada instante de lo que fueron las tribunas para comprender que semejante fiesta conlleva horas interminables de trabajo, sacrificio y pasión. Mucha pasión. Sí, porque mandar a comprar unos globos de ocasión y repartirlos a las apuradas, como para salir del paso, es cosa de bosteros. O de políticos…

Pero armar una fiesta como la que ofrece la hinchada de River en cada Superclásico implica principalmente el amor al club de un grupo de más de 250 socios enfermos que laburan día a día en el anonimato. Ese grupo que hoy a las 7 de la mañana, mientras algunos todavía dormían y muchos otros recién se acostaban, ya estaba en el Monumental decorando el estadio. Como para que cuando llegara el resto de los 50 mil enfermos, la fiesta fuera completa. Y así lo fue, de principio a fin.

Cerca de las 15, no cabía un alma más en ninguna bandeja. Entre la gente y las toneladas de cotillón, apenas quedaba espacio para respirar. Entonces no hizo falta seguir esperando: “Ahí viene la hinchada”, fue el tema que inició un duelo de tribunas que tuvo un ganador nato, mientras miles de globos rojos y blancos simulaban una enorme bandera movible en la Sívori alta y la Centenario media/baja.

Después llegó el clásico ingreso del grueso de la hinchada millonaria y, a las 16.05, la primera gran explosión de la tarde: el equipo de Astrada saltó al campo de juego bajo un Antonio Vespucio Liberti en llamas. Globos, tiras y bengalas al por mayor enmarcaron las tribunas cabeceras, al ritmo que las plateas laterales altas ofrecieron un mosaico casi que sincronizado para sellar un recibimiento acorde a la pasión por La Banda. Todo, bajo la atenta mirada del infaltable Angelito inflable y estoico que desde hace años se ubica en la San Martín baja.

Pero, claro está, ese fue sólo el inicio de una tarde de delirio generalizado, a excepción de unos 4 mil espectadores privilegiados que llegaron a pagar hasta 30 pesos para presenciar semejante fiesta y que terminaron en silencio, anonadados. Más aún por esa lluvia de papelitos interminable (vaya uno a saber de dónde seguía saliendo tanto papel) que recibió a la banda roja en la antesala del segundo tiempo y que le puso el broche de oro a otro Superclásico en el que, sólo por amor a River, abundó la locura. ¡Y qué locura…!

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Foto: La Página Millonaria.