Estimados, Celia y Jorge.
Estuve pensando en ustedes.
Algo me llevó a preguntarme cómo fue aquel 24 de junio de 1987 y en general encontré que la Argentina estaba prácticamente igualita a hoy. Entre otras cosas paraban los docentes, el dólar cerraba a 2.15 australes, diputados aprobaba la emergencia económica y deportivamente Rosario Central fue el equipo más destacado a nivel local al consagrarse campeón; algo… a ver… cómo explicarlo… no tan parecido y a la vez sí a lo que ocurrió hace poquito cuando, claro, no coronó, pero lo coronaron como el mejor.
Todo demasiado parecido si no fuese por un hecho tan extraordinario como pocos en la historia ocurrirían después (y antes, quizás, también): ese día que, de paso, fue miércoles como hoy, dos personas entre las 31 millones de otras personas que entonces habitaban el territorio argentino se convirtieron en madre y padre de un niño de poco más de 3.5 kilos al que llamaron Lionel Andrés Messi. Celia, Jorge: estuve pensando en ustedes estos días. Quería darles las gracias.

El libro sobre Lionel Messi del periodista Toni Frieros recopila imágenes inéditas de la infancia del crack rosarino.
Sé, en parte y por lo que ya busqué, cómo fue para otros ese día. Con las excepciones del caso, un día más, lo de siempre. No lo fue para ustedes por el nacimiento de Leo y no lo es desde hace largo tiempo a esta parte para casi ninguno de los ya 46 millones de argentinos que ya somos. Pero, ¿cómo fue para ustedes ese día? ¿Sos, Celia, como la mayoría de las mamás y hoy le contaste o le contarás a Leo cómo fue y qué pasó el día que nació, aquel 24 de junio de 1987 en el Hospital Italiano Garibaldi? ¿Y vos, Jorge, qué recordás de ese día?
Sé que para ustedes, Celia y Jorge, todo comenzó mucho antes, en Las Heras, siempre Rosario. Aquel amor adolescente que se construyó entre ustedes hasta transformarse en matrimonio también un día de junio, pero de 1978, en pleno Mundial de fútbol en la Argentina, y sé que antes de Leo estuvieron Rodrigo y Matías, como después de él María Sol.

Jorge Messi y Celia Cuccittini con sus cuatro hijos: Rodrigo, Matías, Lionel, María Sol, y uno de sus nietos, en la casa familiar de Rosario, ubicada en la calle Estado de Israel al 500.
Sé también un poco de ustedes porque estuve en el barrio de la casa familiar en la calle Estado de Israel al 500, allí donde todo comenzó y las paredes todavía guardan los ecos de los pelotazos a la hora de la siesta. Me reí cuando hace algunos años hablé con Alicia, una celadora que Leo tuvo en la escuela Juan Mantovani allá por sus 13 y me contó que poco antes de que se fueran a Barcelona una día le dijo: “Nene, dejá de patear y ponete a estudiar que así no vas a llegar a nada”. Claro, ¿quién iba a saber? ¿O ustedes ya lo sabían?
Sé que el vecindario fue parte de la familia porque entre todos se ayudaban cuando ustedes, Celia y Jorge, se iban a trabajar y dejaban a sus chicos al cuidado de la familia de Rubén y Silvia Manicavale. “Siempre venía a casa, desde que era chiquito. No tenía un año cuando mi mujer lo agarraba de las manitos y él, que no caminaba, la tironeaba para que lo acerque hasta una pelota”, me contó él la vez que visité el barrio hace ya casi 10 años y que apenas me vio acompañada de un cámara dejó de barrer la vereda y me preguntó: “¿Venís por Messi, no?”.
Dicen que la familia no se elige. Que simplemente las personas llegan a nuestras vidas y nos toca construir el vínculo, tarea que se renueva a diario hasta el final del tiempo. De lo que él transmite y transmitió a lo largo de toda su vida, incluso mucho más allá de los campos de juego, parece ser que han hecho una gran tarea. Que lo suyo no es solo lo fenomenal e inabarcable que hace con la pelota. Da la sensación de que el tipo es una buena persona y de que cumple con aquella maravillosa definición de otro que ustedes conocen, el Negro Fontanarrosa, sobre lo que deseaba para su hijo: “Que los amigos se pongan felices cuando lo vean venir”.

Un muy joven Lionel Messi abrazando a sus padres: Celia y Jorge.
Y vaya si sus amigos y la gran mayoría de las personas se ponen felices cuando lo ven, si fue él el que nos metió la felicidad en el cuerpo llevando el deporte más hermoso del mundo a un nivel artístico que no conocíamos y de la forma que más nos gusta: jugando al fulbo.
Ustedes, Jorge, Celia, no lo saben, pero yo sí. Estábamos en Qatar, donde me tocó cubrir el Mundial para un medio argentino. Una noche estaba en el restaurante Sazeli, puntualmente la de la derrota con Arabia Saudita en el debut. Pocos después llegaste vos, Jorge, y te sentaste en una mesa estratégicamente ubicada al aire libre, pero no tan a la vista del concurrido centro de La Perla. Me animé a acercarme, me miraste con distancia, pero permitiste el diálogo. “¿Cómo está Leo?”, te pregunté y de los nervios no sabía ni qué te había preguntado y vos me respondiste muy amablemente: “Hablé con él. Estemos tranquilos. Tenemos que alentar, hay que acompañar”. Claro, lo conocés más que nadie, pero te pregunto: “¿Vos ya lo sabías?”.
Y me acuerdo también de la noche en la que fuimos campeones del mundo. También ocurrió en La Perla, ese barrio de Qatar donde ustedes (como yo) se alojaron durante la Copa del Mundo y los locales gastronómicos cerraban temprano. Estábamos todos eufóricos y a la vez muy cansados y hambrientos después de tanto sufrir y alentar y saltar y llorar y reír y abrazarnos con desconocidos a los que nunca más veremos después de haber compartido uno de los momentos más épicos de nuestras vidas en el Lusail.
Llegué con parte de mis compañeros al casi único local abierto, el de las pizzas y canastitas. Hicimos el pedido, nos sentamos afuera, a esperar la cena en la galería. Ahí nomás llegó Tomás Messi, nieto de ustedes, hijo de Matías, acompañado por alguien más. Nos miró acaso como acto reflejo de nuestras miradas porque sabíamos quién era. Sentada y con la felicidad en el cuerpo le dije: “Felicitaciones, a Leo y toda tu familia”. Él, como uno más, me dijo: “Muchas gracias. Lo estábamos esperando”. Desarticuló cualquier nervio con recepción atenta y respuesta cercana (más una sonrisa plena). Valores transmitidos, ni más ni menos.
Debo decirte, Celia, que hay una cosa que tengo que reprocharte aunque no estoy segura en realidad de que la historia haya sido como algunos la cuentan y es aquella que dice que no fuiste a firmar el contrato que River tenía preparado para Leo cuando solo hacía falta tu firma. Ay, lo que hubiese sido… Sé igual, porque lo contó Leo, que en esa época vos y Jorge se rompían el alma para subsistir económicamente y que surgió lo del tratamiento y que para ustedes era imposible costearlo, que entonces aparece el Barcelona y que desde allí se catapultó a la cima de una historia única e irrepetible.

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Sé también que aquello que hoy se ve como un capítulo más de una historia sensacional les produjo mucho dolor. Porque aunque River se dispuso a hacerse cargo del tratamiento, Newell’s no les quiso dar el pase de Leo, lo que aceleró su búsqueda de futuro en otro continente, a miles de kilómetros de casa. “Por eso mi vieja se enojó tanto con la persona que se ocupaba de esas cosas en Newell’s, no con el club. Después pasaron cosas, me fui a Barcelona y mi familia se separó en buena medida por esa situación“, contó él y recordó el dolor de aquel quiebre en la familia.

Leo Messi con sus padres en la playa
Celia, Jorge: gracias. Por haberlo traído al mundo y formarlo como lo hicieron. Solo me queda decir que es que hay una cosa más que sé y es que ustedes a Leo no lo eligieron, sino que lo amaron porque, como dice Cortázar en Rayuela, la cosa es “al vesre”.
Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman. Yo creo que es al vesre. (…) Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.
Hoy sé que aquel 24 de junio de 1987 cuando Leo nació, también nacimos todos a los que el fútbol nos pega de lleno en el pecho. Celia, Jorge: gracias por traer al mundo a este tipo al que no elegimos, pero amamos. Estuve pensando en ustedes estos días y me gustaría pedirles que hoy cuando hablen con él le digan que los argentinos le deseamos que los cumpla muy feliz.





