Ganar fue reconocerse en el espejo, mirarnos a los ojos y sentir lo que sentía el otro.

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River Plate OPINIÓN

Tuve una charla con Dios

“Ay… ¡Somos campeones de América, boluda! ¡Ay, esto no me lo olvido nunca más en mi vida! Mi sobrino va a ser… ¡va a nacer campeón! Estoy muy muy contenta, es lo que más quería en la vida esto, es lo que me salva de todas las cosas. Te amo”.

Ganar fue reconocerse en el espejo, mirarnos a los ojos y sentir lo que sentía el otro.

Ganar fue reconocerse en el espejo, mirarnos a los ojos y sentir lo que sentía el otro. (Foto: Getty)

Por
Agustina Amprimo

Ese fue el primer audio que mandé entre lágrimas apenas fuimos campeones de América. Como alguien que se levanta con resaca después de una larga fiesta, fui a chequear mi celular y ver todos los mensajes que tenía sin leer, pero también los que había mandado. Ése mensaje, bajo una emoción, es cómo River me hace sentir.

Cual montaña rusa, pasé por el infierno para subir al mismísimo cielo. Y la vida nos lo debía.

No podía ser lo que estaba pasando, no era justo. No iba a ser justo para ningún tribunal, para nadie con dos dedos de frente ni para nadie con un poco de corazón.

River se estaba perdiendo de ser campeón de América nada más y nada menos que en manos de su eterno rival. Ante los ojos del mundo, la historia tenía que cambiar.

Cuando el partido se puso 1-0 agarré mis cosas y me fui. Hubo algo muy adentro mío, un segundo de razón, un pálpito o como lo quieran llamar, yo tenía que ir a verlo a otro lugar. Y aunque a veces no me escucho, a esas cosas les hago caso. Agarré mi auto y salí.

Y entonces exigí “Danos lo que es nuestro. Que la puta vida sea justa al menos una vez. Que se incline la balanza a nuestro favor. Que seamos felices, porque lo merecemos” es apenas un poco de lo que recuerdo que dije mientras manejaba.

Lloré. Lloré porque la suerte no estaba de nuestro lado. Lloré porque no me aguanté, lloré porque a veces la ansiedad no me permite concentrarme, lloré para descargar. Y sucedió: River estaba vivo, River había plantado bandera diciendo ‘acá estamos nosotros, acá no termina’.

Y ahí estábamos, tan cerca otra vez. Tan frágiles son los segundos que corren mientras la pelota está en juego, tan efímera es la felicidad, tan denso se pone el aire, tan interminable se hizo esta final.

Ganar fue volver a nacer. Ganar fue reconocerse en el espejo, mirarnos a los ojos y sentir lo que sentía el otro. Ganar fue prender la luz.

Y River nos los debía. River se lo debía a él mismo. Era una obligación moral con los hinchas, con la historia. No pasaba por seguir sintiendo amor o no, no pasaba por la pasión, esto era otra cosa. River debía devolvernos la identidad, como quien se mira en una foto vieja y se reconoce. River debía, sin margen de error, llevarnos a lo más alto otra vez. Ya no había peros ni excusas, no había ni iba a haber mejor oportunidad que esa. Y aunque el escenario no era el que queríamos, la escena sí. River sólo tenía que salir a hacer su mejor actuación. Hacer que la gente se pusiera de pie y coronara la obra tirándole flores entre aplausos y silbidos. River tenía que demostrar que era el mejor ballet.

Supimos esperar, supimos bancarnos todo, supimos callarnos y soportar todo tipo de críticas a lo largo de estos años. Supimos seguir con la cabeza en alto a pesar del dolor. Seguimos alentando, estuvimos en las malas. Estuvimos siempre. Supimos rearmarnos, masticar la bronca de años, llenarnos de veneno pero siempre con el corazón caliente y la razón fría. Yendo de a poco, paso a paso, escalando sin que nadie lo imaginara, sin que nadie creyera el monstruo que se estaba gestando otra vez. Y este monstruo se comió a todos. Hizo que varios se escondieran debajo de la cama o salieran corriendo. Este monstruo creció con toda la historia detrás, dejando claro que lo peor ya había pasado y que ahora se venía lo mejor. Y al principio de todo creyeron que había sido suerte, que era una casualidad, que no iba a durar nada. Nos subestimaron, como siempre. Nos subestimaron tanto que nos hicieron más fuertes de lo que ya éramos. Se nos dió, tuvimos revancha y la aprovechamos. Este era ese tren que pasa sólo una vez en la vida, y nos subimos todos juntos.

Se me vienen tantas cosas a la cabeza para escribir, me acuerdo de tantas personas, de tantas charlas, rezos y promesas que se haría infinito poder plasmarlas todas. Sólo me queda agradecer, por dejar todo, por cumplir, por aferrarse a este sueño incansablemente haciendo un trabajo de hormiga hasta lograrlo. Agradecer a toda la gente de River porque esa es la esencia del club: la pasión. Agradecer por nunca dejar de creer. Hoy más que nunca me siento en el cielo, estoy coronada. Gracias, River. Gracias por salvarme. Coronados de gloria vivamos.

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