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Superclásicos en La Boca eran los de antes

Da mucha bronca reconocer que el deporte más popular y el clásico más clásico del mundo se ha reducido mucho más a un producto de marketing que a la gran contienda futbolera y pasional que alguna vez fue.

Aunque el título suene odioso, hay que decirlo: al Superclásico hace rato que lo han herido de muerte. Da mucha bronca reconocer que el deporte más popular y el clásico más clásico del mundo se ha reducido mucho más a un producto de marketing que a la gran contienda futbolera y pasional que alguna vez fue. Que mientras estas líneas se imprimen, una gran masa de hinchas de River quedó nuevamente desilusionada por no poder estar presentes el domingo.

Malgastaron inútilmente su tiempo estando a la expectativa de una empresa privada asociada al evento. Todo se ha vuelto demasiado cibernético, deshumanizado y aunque parezca melancólico, creo no equivocarme si afirmó que la modernidad ha desnaturalizado este evento. Que nos han cambiado una muchacha con ganas de hacer el amor por un chateo porno de cuarta. Que en nombre de la revolución virtual se nos somete, acatamos, obedecemos y compramos de segundamano lo que sucede en la realidad.

De los 88 clásicos jugados en La Boca, de los cuales 22 fueron victorias de River, no quiero exagerar si afirmo que los últimos ocho fueron una pantomima de aquellos que se vivieron antes. En aras de una seguridad que nunca llegó se “secuestró la presencia visitante”. Actualmente, los muertos del futbol se multiplican y el causal no parece ser el choque entre hinchadas rivales.

Clásicos eran aquellos donde cada hinchada tenía su lugar. Donde el negocio de la televisión no se había devorado todo. Ir a la Boca en Bondi solo o con un amigo era la aventura más desafiante y transgresora que un adolescente podía vivir. La cuestión era mezclarse, camuflarse entere ellos, para ascender hasta el segundo piso, desde donde se divisaba justo atrás de los palcos un viejo habitante millonario de La Boca que plantaba la bandera sobre la antena de su casa.

Claro que era una odisea entrar y salir de La Boca. Pero esas estrategias, que casi nunca eran riesgosas, nos llenaban de anécdotas, nos colmaban de vida. Es cierto, que aquella emboscada de Barrita y sus compinches fue funcional a toda esta construcción mediática que ya venía en gestación. Una prolija “ingeniería” trabajó para copiar el modelo europeo y lo logró. Mientras tanto, la violencia es líquida y no la pueden -o no quieren- controlar los encargados de hacer de la Argentina un país más civilizado.

¿Cómo no recordar aquella mágica noche del 75, cuando después de muchos años sin ganar en La Bombonera, el Beto de tiro libre y Morete de cabeza nos dieron la señal de que esa victoria festejada de manera increíble anticipaba la doble vuelta olímpica del Metro y el Nacional? ¿O la tarde en que Pedrito González corrió más de 50 metros para decretar el triunfo sobre la hora el triunfo, ese que luego nos daría el Metro del 77 en Huracán? Si me parece hoy caminar por Brandsen hasta Aristóbulo del Valle y de allí a Parque Lezama, un día de semana, vitoreando el cuasi campeonato logrado esa tarde.

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Nuestros cantos rebotaban en la cara de los bosteros que mansamente nos miraban anonadados. Luego llegó la vuelta del 86 y el Beto rompiéndose la camiseta… ¡qué más pedir! Una multitud llegó caminando y aguantando los trapos. La mañana del 3-2, cuando Kempes le ganó la pulseada a Maradona. El día del debut de Luque con un zapatazo estremecedor. Y cuando el Mariscal rompió el arco de Casa Amarilla con un fierrazo de tiro libre. O el 5-2 de Carrasco y Ramón Díaz. ¡Qué baile histórico!

Hasta el día que ganamos por penales fue imborrable. Todavía guardo la imagen del Checho Batista arrodillado. Después vinieron el 3-0 del equipo del Tolo, la inolvidable tarde de la vaselina de Rojas y el 1-0 con gol de Cavenaghi. Ya eran los tiempos en que aquellas tímidas cargadas del 70 (“¿A dónde está qué no se ve el Gran Estadio que estaban por hacer?”, o esta otra “La ciudad deportiva no se terminó, porque Armando, porque Armando los cagó”), pasaron a ser estruendo y colorido infernal. La dos bandejas de Brandsen con las tiras rojas y blancas unas veces, con los globos y los bastones otras, todo una pintura que Quinquela nunca pudo haber imaginado.

Pero llegó este tiempo de la bijouterie, el futbol boutique entreverado con la reventa inescrupulosa, el aliento con parlantes, el merchandising y los tours extranjerizantes. Llegó la globalización y los medios hablan del récord de Palermo como si fuera Bernabé, que jugó 1000 partidos en Primera. Mientras el rubio delantero hincha de Estudiantes hizo 7 goles en los clásicos oficiales, ya nadie se acuerda de los 16 de Angelito.

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Todo responde a una lógica comercial y no estaría mal si lo nuevo se integrara con lo viejo. El país y el mundo han cambiado, pero no para darle mayor brillo, más comodidad y limpieza al espectador. Los 4000 locos que estarán presentes en la tercera bandeja visitante, esa porquería desde donde ni siquiera se ve el arco de abajo, estarán hacinados, sin baños y serán seguramente reprimidos como siempre. Aquella excusa de la seguridad suena a argumento rancio y poco creíble. Les vino como anillo al dedo a quienes se ulceraban de ver las dos bandejas millonarias exultantes. Pero en el fondo subyacía el negocio de dejar afuera de la fiesta al invitado más importante.

Nosotros que vivimos otra época y que no queremos caer en una nostálgica aguafiestas, seguiremos denunciando el “ninguneo al hincha”. Mientras tanto estamos tranquilos que los cuatro mil que lleve River el domingo pondrán la misma pasión de toda la vida. Aunque es imposible, cada vez que ocurre, no definir esto como una página más de la Leyenda Tramposa que nació con Armando, continuó con Macri y subsistirá vaya a saber hasta cuándo en nuestra bendita Argentina. Le cabe a nuestra dirigencia su responsabilidad para ayudar a desmentir esta gran estafa al verdadero hincha.

Foto: La Página Millonaria

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