Siempre que llovió paró, dice el refrán.¿Será así en lo futbolístico, también? El domingo que venía de balde, la tarde se puso de novela para acompañar al Millo. Fiel a mi extraña curiosidad, cambié de tribuna. Esta vez fui a la Belgrano alta. Salvo en los clásicos, que no me sacan ni a garrotes de la popu, intento hallar curiosidades por allí. Es que últimamente los partidos se han vuelto tan aburridos que si no hubiera sido por esa angelical morocha que descubrí allí, el embole hubiera sido mayúsculo.
Es cierto, la taba no venía bien, si bien la bosta se había comido cuatro el sábado, la noticia de la recaída de Ariel cayó tan mal que apenas un tibio y casi imperceptible ¡Orteee! fue la cansina respuesta de la gente. Encima el equipo que demora su salida y le corta el mambo a la hinchada que lo quería recibir con el nuevo hit. Tampoco pudo ser. Por eso, menos mal que estaba ella. Menuda, morena, con delicadas pecas y el cabello azabache anudado por invisibles hebillas. Camiseta del Enzo que le cuelga, un arito en la panza absolutamente tostada y shorcitos rojos.
Había que verla, bracito en alto, saltando sobre la butaca buscando complicidad en sus cantos, como si estuviera parada en los fierros de la Sivori alta. La descubrí entre un hombre mayor entrado en canas y dos jovencitos, todos muy circunspectos, fieles al estilo de los habitúes de la bandeja alta que da al Tiro Federal.
Me pregunto qué es este Central sin Mendez, sin Castillejos, sin la vuelta de Figueroa, en fin, creo que poco y nada. Busco la alineación en el tablero y jamás aparece. Mi amigo Enzo, la voz del estadio, tendrá que pedir auxilio porque la banda de River lo tapa y uno se queda sin poder descubrir a sus rivales. Pinta para partido de ida y vuelta, con un arranque explosivo de Villava y un Central que a diferencia de Banfield sale un poquito más.
Se buscan, se atacan, pero se pasan la pelota mal. Encima Rojas la agarra poco o no se la quieren dar -una duda- y la manija la tiene Almeyda que estuvo tan impreciso como Abelairas. Funes Mori tiene una; Barrado tres, que quedan en las manos de Galíndez. Se vislumbra que hay cierto egoísmo a la hora de definir, pero River va. Y ella ahí, ya parada en la butaca empujando desde arriba cuando parece que el gol esta al caer. Pero River se queda sin nafta. Ella me mira. “¡Vamos!”-ledigo. “¡La nueva no la sé!”- me contesta. Casi me muero, me dio bola. Igual el aliento no alcanza.
Los cambios llegan tarde y mal. Rojas baja a la posición de barrado y entra el Muñeco que no acertó un pase y no le contaron correctamente los pasos en un tire libre, especial para él. El partido se va. Todo lo que hubo de sol y de color se tornó gris futbolísticamente. Dos pasos para atrás con Banfield, dos para adelante con Chaca y por lo menos uno de retroceso nuevamente con Central.
El domingo también se va. Escucho que el sábado vuelven los carnavales a River. Me acuerdo del tema La Colombina de Jaime Roos, esa murguista, que lo enamoraba. Ella también se va y sin poder evitar que tanta salvaje belleza se escurra de mis ojos. Escucho su penúltimo gesto en la boca de la escalera: ¡“Dale ché, que los canallas son cincuenta!”- tira al aire. Una diosa.
Camino cabizbajo hacia Libertador, no me queda casi nada del partido. Veo carteles que anuncian la pelicula El Día de los Enamorados. El 14 de febrero, claro. Avanti morocha. Vamos River, en pocos días, vuelve este amor. Y ella también va a estar. Esa diosa morocha, como tantas otras amazonas que andan desparramadas por ahí, merecía mucho más.
Imagen: Fotobaires.



