Cuando te gana el derrotismo. Cuando te tira la camiseta un equipo sin expectativas como Newell’s y se lleva los tres puntos con dos avances. Cuando te comes cuatro derrotas consecutivas y 375 minutos sin hacer goles. Cuando se recurre al “mito del héroe” -hablo del Burrito-, cuando la salvación debe pasar por lo colectivo, nunca por lo individual. Cuando la gente se empieza a cansar del aliento. Cuando el futbolista siente cada partido como un salto al vacío, un examen imposible de rendir, pura impotencia, porque si no se bajan propuestas tácticas ni estratégicas claras, difícilmente haya una respuesta técnica superadora a la confusión.
Cuando todo esto ocurre, aquello de “La pelota no se mancha” -frase que le vendría como anillo al dedo a la historia de River Plate, tu grato nombre- se puede convertir en “Cómo manchar la historia de River”. Es que suena a sofisma defender la pureza del balón cuando lo primero que se pide es “huevo” y se olvida del cómo. Cuando las piernas tiemblan como en los primeros quince minutos y a los jugadores de River le rebota la pelota. Cuando Villalba se olvida de encarar o cuando Funes Mori rifa su futuro en incursiones endebles y disparatadas que termina groseramente. Cuando se cae en la cuenta que los triunfos frente a Boca en Mar del Plata y Mendoza fueron solamente el sueño de una noche de verano que sobredimensionaron la realidad de lo que hoy es una pesadilla. Cuando se perdió la oportunidad de traer un nueve como Silva, un cinco como Bolatti, un dos como Lugano, un diez como D’Alessandro. Cuando nuestros lectores tanto como los redactores perdemos la capacidad de imaginación para describir este infierno.
Este es un punto aparte sobre el que vale la pena detenerse un instante: crítica va, puteada viene, interactuamos unos y otros, redactores y lectores, ambos hinchas. Es interesante observar cómo este proceso de descomposición excluye para muchos, de un lado y del otro, al cuerpo técnico, encabezado por un innegable ídolo e histórico patrón de la cinco de River durante 15 años. Este periodista viene manifestando que las últimas producciones del equipo transmiten un desconcierto que difieren totalmente con la luz verde con la que arrancó la gestión de Astrada. No se trata de ignorar la corrupción que hace años ya desembocó en este precipicio, se trata de comenzar a mirar para adelante sin dejar de peticionar por la actuación de la justicia en lo que al saqueo aguilarista se refiere. Por otro lado, el eterno retorno de la crisis futbolística que nos viene martirizando desde largo tiempo, nos obliga a ir agudizando y extendiendo el análisis sobre los responsables de este presente, si animosidad alguna.
Hay más denominadores comunes con los seguidores de La Página Millonaria que lo que a simple viste parece. El primero es que nadie tiene la verdad revelada sobre “la salida”. Hay una imposibilidad manifiesta de acercarnos a un diagnóstico claro de cuáles pueden ser las medidas correctivas que hoy urge adoptar. Hoy, aquí y ahora, a todos nos invade la angustia. Tanto que unos y otros desplegamos todos los mecanismos de negación posible para no hablar de la Promoción y/o la pérdida de categoría. Sin embargo, más vale desvestir el fantasma y llamarlo por su nombre antes que nos tome por asalto. Lo más saludable en estos casos, es no depositar tanto la vista en lo perdido y lo viejo, y bucear en los obstáculos actuales.
Debemos cambiar el cassette. Buscar voces creíbles. Y si Passarella habló esta semana de cambios a corto plazo, habrá que aceptar el pagaré y luego pedir rendición de cuentas. Mientras, para lo que resta del Clausura, basta de resucitar y descongelar jugadores momificados. Darles continuidad a una columna sería indispensable para recuperar la estima tan caída del grupo. Ortega no es Messi. No está para cuatro en una noche. Pero demostró que puede ser útil, no ya como prócer sino como el engranaje creativo que el equipo necesita. Para ello Astrada deberá vencer sus propias dudas. Más vale creer que el único héroe puede ser el equipo, un equipo que respete la identidad millonaria. Lo visto hasta ahora es humillante, una demostración de “cómo se puede manchar la historia de River”. Por ahora sólo nos queda creer. Y creer es crear. La única receta frente a la terrorífica amnesia futbolística que hoy padece este plantel.
Foto: Fotobaires.



