Si la historia del fútbol argentino que usted vio o leyó resiste el archivo, habrá que reconocer que antes del “Maradooo” existió el “Aloooon”. Fue cuando la “o” estirada emergió de las canchas donde jugó el Beto y se hizo incomparable música de los dioses. Fue cántico y, a la vez, vibración estimulante sobre los centros energéticos que ponen en contacto al hombre con su sacralidad.
La historia bíblica cuenta que primero fue el verbo, la palabra, pero antes fueron los gritos de dolor y de gozo. Los gemidos de los primates hicieron conocer las primeras aproximaciones a la “o”. Luego los sonidos planetarios que fueron detectados por los más antiguos meditadores imitaron con el “ooommm” el sutil movimiento astral.
No por casualidad el grito de “gooool” es catarsis, medicina casera que cura los males del alma. Núcleo y fundamento de esa suerte de religión colectiva que es el fútbol de todos los domingos.
Así fue que a principios de la década del 70, cuando nuestro fútbol atravesaba su década más crítica quedando fuera del Mundial de México y vivía, quizás, su máxima frustración. Y cuando todo era nada, nada como en el principio, cuando había que resurgir de las cenizas, apareció el Beto Alonso. Y junto a él, ese estribillo refundador, como el grito de Ipiranga, de guerra. El génesis, el renacimiento de una estirpe de cracks, el eslabón perdido desde el Sudamericano del 57 en Lima. Ese alarido marcial que fue el ¡Alooon, Alooon! produjo el milagro de convertir cada voz en aliento, cada garganta en una bandera.
La “o” alargada, esa llamarada de fe, comenzó a bajar desde el cemento, flameando entre miles de hinchas que querían conocer al “Pelé blanco”. Y aunque pareciera exagerada la comparación con el negro, algo distinto tenía el pibe que llegaba de los potreros de Los Polvorines. El fútbol argentino necesitaba un Mesías que lo hiciera resurgir de sus cenizas y ése fue el Beto. Su trascendencia, su significancia.
El humilde hijo del zapatero del barrio que había sido caddie y bien pudo ser golfista. Pero gracias a Dios fue futbolista y ¡qué jugador!
El Beto debutó una tarde de wing izquierdo en cancha de Atlanta. El técnico que por ese entonces era el Negro Didí, algunas condiciones le había visto al zurdito. El pibe aprendió fácil aquello del “jogo bonito”. “La pelota es una muchacha a la que hay que tratar con respeto”, repetía el Negro incansablemente, quien a mi juicio generó una revolución. La del toque, la de Pedernera, la que practicó Brasil del 70. El fútbol que le gusta a la gente y que el Beto jugaba con gran simpleza. ¿Cómo no recordar aquel chanfle perfecto a Maier en Alemania jugando para la albiceleste? Y aquí, en aquel irrepetible 7-2 a Independiente en el 72 cuando Santoro se comió el mismo amague que Pelé le hizo a Mazurkiewicz, con la diferencia de que esta vez la bocha fue adentro. Ese día casi se cae el Monumental. Tanta inteligencia, tanta elegancia, tanta fineza, tanto taco, tanto sombrero, tanto chanfle, tanta cara externa, tanto cabezazo, tanto pecho, tanto túnel, tanto cambio de frente, tanto pase de gol, tanta idolatría, tanto romance con la gente. Todo eso fue el Beto.
Yo me enamoré de él, “La noche de Walt Disney”- así tituló el maestro Osvaldo Ardizzone en el Gráfico- el baile histórico que en cancha de Racing la Tercera de River les dio a los profesionales de Boca. Fue 3-l en 1971, cuando los de La Ribera “carnerearon” una huelga de futbolistas. Desde ese día si no jugaba el Beto no iba a la cancha. Llegó el 75, el partido con San Lorenzo en el Monumental, la primera vez que lloré en una cancha. Volvía de una suspensión de muchos partidos y los viejos fantasmas ponían en riesgo lo que parecía el título seguro. ¡Las cosas que hizo ese día, además de los dos goles! Mi viejo me dijo: “parece Adolfo, parece”. Dijo Perfumo de aquel primer gol de cabeza: fue el gol que más fuerte se gritó en una cancha.
“La gente con lágrimas en los ojos” relataba el gordo Muñoz. La hizo de trapo y River quedó a un paso de lo que le costó l7 años de padecimientos y humillaciones. Luego, se fue a Francia, sufrió el desarraigo, no se adaptó y volvió una noche que diluvió en Buenos Aires, allá por el 77 jugando un amistoso, día de semana en cancha de Huracán. Igual, hubo lleno total.¡Que mojadura tan copada! Me estremecen todavía la mano de mi novia apretada a la mía, esquivando las gotas, corriendo, para volver a verlo. Y allí estaba. Otra vez, el talento intacto, con algunos magullones invisibles, pero siempre con la misma percha, esa “fina stampa”, como canta Caetano Veloso.
De nuevo el ¡Alooon, Alooon! y la piel de gallina con cada sutileza, cada genialidad. Volvió a la Selección de Menotti una noche en cancha de Boca. Cuando desde la tribuna empezó a bajar el “oooo”, saltó a la cancha. Un ratito le bastó para enganchar de taco por la derecha con pierna izquierda y clavar un derechazo cruzado que ya lo puso en la lista definitiva del Mundial. Luego, vino aquel taco contra Hungría, su lesión y un proceso bastante oscuro, en el que debió ser titular y haber brillado pero quedó en la nebulosa como la legitimidad de ese título mundial. Después llegó el tricampeonato. Metro y Nacional del 79 y Metro del 80. Se fue campeón en el 8l, el día en que la hinchada de River no festejó porque Distéfano se encaprichó y no lo puso. Todavía truena: “¡Andate de la cancha gallego loco, que River no te quiere ni yo tampoco!
Aragón respaldó al DT y el Beto se fue. ¿Se fue? Estuvo en Vélez, pero su corazón se quedó en Núñez. Veira lo repatrió y formó parte de aquel equipo de guapos que ganó todo. Torneo local 85/86, Copa Libertadores e Intercontinental en Japón. Esas copitas que el Diego no pudo ganar en Boca. De este último período quedan dos postales inolvidables: la vuelta olímpica en la Bombonera con dos goles suyos y la tapa del “Gráfico” con los dientes apretados, las venas que le estallaban y el beso a la banda, su camiseta de toda la vida. El primer beso de un jugador a su camiseta retratado fotográficamente como nunca antes.
¡Qué privilegio! Y después, aquel inolvidable pase gol a Alzamendi en Tokio, agachado como si estuviera acomodando la pelota y con el rabillo del ojo derecho intuyendo al letal uruguayo. El pase exacto y la definición que valió la máxima copa que River ostenta en sus vitrinas. Un día de invierno muy frío pareció que se retiraba definitivamente. Por lo menos así quedará escrito en las estadísticas. Esa tarde, el Monumental reventaba de gente para despedirlo. Para decirle gracias, porque tanto para River como para el fútbol argentino hubo un antes y un después de Alonso.
Valdano, en una de sus acertadas definiciones, dijo que Maradona era un milagro genético. Que para que él existiera primero tuvieron que haber existido un Pedernera, un Moreno, un Sívori, un Martino, un Tucho Méndez, un Grillo, etc. Para los que viven hablando del máximo 10 de Boca, hablo de Diego, por supuesto. Hagamos memoria de quién fue el máximo 10 de River. Y lo que logró.
Más títulos locales, más copas internacionales: “Las verdades que por sabidas se callan, por calladas se olvidan”. Yo digo que cuando todo parecía ser nada, nada, como el principio. Antes del “Maradooo, Maradooo” existió el “Alooon, Alooon”.



