El 2026 no nos regala ni un trayecto corto de paz. No existe. No hay respiro, y las dosis de oxígeno llegan a cuentagotas. No se pueden levantar nunca las cortinas para salir de la oscuridad y el letargo. Sí, nos roban una y otra vez hasta de la manera más burda e impune como pasó en la Bombonera y la impotencia es terrible porque todos vimos venir esa piña arbitral desde hace semanas, pero también debe existir la bronca suprema porque hicimos todos los méritos para darle mucho de comer a las voces corruptas que tenemos que combatir en cada una de las veredas de los frentes que hay frente a nuestras narices.

ver también
El contundente mensaje de Ponzio a los hinchas de River tras perder el Superclásico: “Hagamos sentir quiénes somos”
Cuando ocurre un ataque arbitral digitado y sistemático como el que se vivió en la cancha de Boca, que para mí fue el más escandaloso de este siglo incluso por encima de todos los penales que no nos cobraron ahí en el 2011 o de lo que hizo Sampaio en las semis de la Libertadores 2019, la mirada que más vale no es ni la del hincha de River ni la del hincha de Boca, sino la del imparcial. Y allí el 100% de las voces son unánimes respecto al robo, incluso en periodistas o personajes mediáticos/futboleros que no son afines a River en su día a día. Ninguna palabra vale más que el que mira las cosas de afuera sin ningún tipo de fanatismo, y ni una sola de esas voces salió a ponerse del lado de Boca como víctima.
Escándalo arbitral que no sorprende
Lo que se vivió en la Bombonera durante el segundo tiempo desde la patada de Lautaro Blanco en adelante fue ni más ni menos que una puesta en escena demasiado evidente que está por encima de cualquier análisis futbolístico. Fue lo que Tapia y sus operadores afines ansiaron mostrarle al mundo en sus mejores sueños. El planeta entero habla de lo que hicieron y no les importa, porque resulta un orgasmo interno para sus adentros no solo ver a un River roto futbolísticamente, sino además empujado por ellos mismos de manera payasesca.
Pero el tema más grave de la cuestión es que el propio River también invita y le da de comer a la gilada y a los corruptos. Porque nadie de afuera tiene la culpa cuando te quedás con 10 a los 5 minutos por una expulsión tonta, ni tampoco cuando su reemplazante en vez de marcar seriamente al mejor cabeceador del rival en un tiro de esquina se la pasa a los empujones sin mirar la pelota, ni tampoco cuanod más allá de jugar con diez no tenés la capacidad mínima de sostener la pelota de manera seria, comentiendo 500 equivocaciones tontas en los pases y en las salidas, o incluso mucho peor, jugando con un desgano impropio del escenario en el que estás parado.
No le caigamos a los pibes
De los jovenes Silva y Andrada podemos decir que tuvieron una mala tarde y les puede pasar porque viven sus primeras experiencias como tal, pero encontrarnos con un Thiago Almada con semejante actitud apática también es tan doloroso como los robos arbitrales. O con un Martínez Quarta que lamentablemente nunca aprendió de sus errores en este pasado reciente desde que volvió al club y vuelve a perder la concentración y la cabeza. Del medio hacia adelante el único que estuvo a la altura fue Correa, pero la cruda realidad es que River con la pelota en los pies hizo un partido indigno, que fue un poco maquillado por la buena actitud y disciplina táctica defensiva que tuvo sin pelota en inferioridad numérica.
Por eso sigo creyendo que la primera batalla que debe ganar River para volver a ser River es la que tiene contra el propio River y nuestras miserias. Todos celebramos plantar bandera y pelear en esta guerra hasta el final contra Tapia y sus secuaces secadores de nucas, pero nuestro frente de batalla debe tener una estructura mucho más sólida y preparada desde los cimientos en lo que respecta a las decisiones estructurales del fútbol.
Porque por algo por primera vez en este siglo desfilaron una cantidad irrisoria de entrenadores, por algo llegamos al récord de derrotas consecutivas, por algo llevamos dos años sin dar vuelta un resultado, por algo estamos al borde de no jugar la Libertadores otra vez, y además por algo fuimos noticia demasiadas veces por cuestiones que no tienen que ver con que la pelotita entre o no en el arco. Y cuando todo eso aparece, es mucho más factible que el castillo de naipes se derumbe contra cualquier viento que haya por delante. No podemos tapar ese bosque con la mano, por más delincuencia arbitral evidente que nos rodea la manzana semana tras semana.
Stefano Di Carlo como cabeza dirigencial debe acomodar de una vez por todas el rumbo y las ideas de lo que pretende para el fútbol de nuestro club sin apelar tanto a los manotazos improvisados, y a partir de allí pensar a consciencia un plan que sea de una vez por todas efectivo. Porque la solución al problema es mucho más profunda que desembolsar decenas de millones de dólares en un mercado de pases si, por ejemplo, el plantel en su totalidad no está equilibrado en cuanto a la calidad de los recambios, sobre todo en los puestos esenciales que son los de la columna vertebral. Y cuando toda esa estructura del fútbol esté consolidada, ahí sí estaremos 100% preparados como gfrente de batalla para jugar con cartas más potentes dentro de la cancha y poder sobreponernos a ciertas situaciones que hasta el momento nos han pasado por encima.
Ningún problema de corrupción externa se va a solucionar sin sanar todas nuestras propias heridas internas. Porque ellos con Tapia y Paredes a la cabeza tienen un sistema preparado para combatir contra cualquiera, y nosotros de momento en vez de armaduras con chalecos tenemos una pechera de algodón por donde nos entran todas las balas sin asco y sin perdón. Despertate solo, River. Poné la alarma de una vez por todas porque si no despabilamos nos van a seguir durmiendo hasta la eternidad, y estos años de mierda que venimos pasando también se van a repetir en el 2027.





