Día a día sigue costando digerir lo que ha sido una temporada vergonzosa y por momentos humillante para River desde enero hasta el día de la fecha, que por supuesto se intentará corregir en la recta final del año pero que no por eso deja de ser angustiante por las maneras en la que se desarrollaron la gran mayoría de los acontecimientos y las desgracias deportivas de turno. Exceptuando a los hinchas que siempre han dado la cara y han estado a la altura, las otras tres patas del mundo River se pegaron casi todo el tiempo tiros en los pies que nos llevaron a que casi entrado noviembre el equipo reine en una incertidumbre total que tiene puesta en jaque hasta la alta competencia del próximo año.

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Primero y principal, porque la cúpula dirigencial con Stefano Di Carlo a la cabeza de las decisiones madre del fútbol se mostró muy improvisada y en muchos casos desacertada a la hora de armar una estructura sólida ligada al fútbol. La elección por Pablo Longoria evidentemente no brindó los frutos deseados en estos primeros meses de gestión sabiendo que era un riesgo traer a alguien que no conozca en detalle los idas y vueltas del fútbol argentino, y a la vez hubo reacción tardía para cortar de raíz primero el ciclo de Marcelo Gallardo y sobre todo después el de Eduardo Coudet, con toda la novela del “container” en el medio que generó más rispideces internas y tapas de diarios por cuestiones extrafutbolísticas que el golpe de efecto deseado donde sí se hizo un mea culpa por las formas establecidas, sabiendo que en la opinión colectiva el 99% de la gente estaba de acuerdo en todos los apellidos que decidieron apartarse.
Y la rueda siguió girando mientras se estiró una agonía innecesaria con un Chacho que desde el 2-1 parcial de Galván en la final frente a Belgrano en adelante no dio pie con bola en ningún aspecto futbolístico que derivó en dos eliminaciones coperas en un abrir y cerrar de ojos frente a equipos que en condiciones normales no te pueden dejar afuera ni en mil vidas, sumado al peor arranque histórico en un torneo local que hasta el día de hoy estamos pagando carísimo no solo en la tabla anual sino en la del grupo de cara a los playoffs.

Coudet y Di Carlo el día que el Chacho dejó de ser el técnico.
El plantel
Y a todo este combo se le suma un plantel que en su gran mayoría flaqueó contra equipos demasiado menores en situaciones límite, a los que tenían que haberles ganado e impuesto su jerarquía con cualquier entrenador sentado en el banco. No hay perdón posible para la cantidad de papelones futbolísticos que se sufrieron en los últimos tres años, está claro, pero puntualmente lo de este 2026 superó todos los límites de lo absurdo porque el contexto en el que estábamos inmersos por fuera del fútbol no invitaba a fracasar de esta manera dentro de la cancha, y todo el crecimiento institucional en miles de aspectos nunca se pudieron trasladar al aspecto esencial que hizo a nuestro club como el más grande de América por lejos.
Ponzio
En toda esta vorágine apareció el apellido de Leo Ponzio para hacerse cargo de momento de un interinato, quien hasta hoy está haciendo un trabajo lo más prolijo posible y con muy buenos números en cuanto a puntos, sabiendo de su inexperiencia en el cargo pero sí con una chapa, un nombre propio, un conocimiento pleno del club y una personalidad acorde a saber pilotear momentos muy sensibles como estos. En todos los sentidos a Ponzio no le cabe de momento ninguna responsabilidad en esta situación de tormenta porque fue 100% heredada, y su trabajo como tal deberá ser evaluado una vez que finalice el año.
Para colmo de males, encima parece que los de la vereda de enfrente volvieron a estar derechos e increíblemente les sale todo, más allá de algunas situaciones bochornosas que les permitieron matenerse con vida en todos los frentes como aquel papelón contra Vélez y algunas designaciones o decisiones arbitrales tanto en lo local como en lo internacional que no se preocuparon ni en disimularlas.
En varios de los años donde Boca tuvo buenos equipos para salir de perdedores a nivel internacional como en el 2014, 2015, 2018 y 2019, ahí estuvo River para pisarles la cabeza y dejarlos hundidos. Este año también daba la sensación que podíamos ser los únicos en poder bajarlos del carro, pero hicimos todo mal para llegar a esas instancias. Queda una sola gran bala para aprovechar porque venimos del mejor partido del año en el triunfazo ante Belgrano, pero ahora es momento de saber que ése debe ser el piso y que lo difícil será mantenerse, y después esperar los acontecimientos que puedan caer desde otros lados.
Esperemos que el factor Superclásico que se viene por delante el 1 de noviembre pueda ser un puño acertado desde nuestro lado para dejarlos con más dudas que certezas y para impulsarnos definitivamente a nosotros a cumplir ese gran objetivo de ser nuevamente campeones y de volver a jugar la Libertadores, y que la situación a fin de año que parece que pinta bastante trágica pueda no ser tan terrible por lo menos en lo que de nosotros depende.





