Mañana arranca el año futbolístico de verdad. Se viene el primer Superclásico. El partido que no queremos perder nunca. Ni cuando jugamos contra la web bostera. El que más nos duele y el que más disfrutamos. Aquél en el que dejamos todo, ¡siempre!, aunque estemos un poquito relajados por el verano. Y el Negro jefe, que de estas batallas sabe algo, nos puede aliviar el desvelo empleando esta fórmula. Armar un equipo “Avatar del Kaiser”. Hecho a su imagen y semejanza. Compuesto de hombres como el presidente de River, que una noche del 74, en Mar del Plata, le tiraron la 3 (no era su puesto) y lo hicieron debutar, justamente contra Boca.
Desde ese día, aún pichón, quedó grabada la imagen de quien sería el “gran capitán del fútbol Argentino”. Garra, temperamento, estilo, espíritu ganador, todo lo que se pretende de un jugador que se calza el manto sagrado. Así nos gustaría imaginarnos al River que el miércoles enfrente a Boca. Sabemos que todavía está en formación, pero que habrá que sacar el plus que se pone en esta clase de partidos. Somos concientes de donde venimos, pero también que “el amor propio” no pone excusas. Que el Burrito, Gallardo y Almeyda tienen la experiencia suficiente para sostener emocionalmente a los pibes.
Que detrás de ellos habrá una tribuna enorme para bajar su aliento sin especulaciones de gargantas ni sudores. Que los pibes, así como asumen el riesgo de que se los coman los nervios entiendan que tendrán premio doble: el de superar sus propios miedos y el de la consagración en un clásico. Que acá puede comenzar otra historia para ellos y para el club.
Así, jugaba Passarella. Capaz de patear un penal dos veces en la Bombonera en el 77. Sin pensar que se jugaba una final. Capaz de plantársele a Pernía, cuando quería copar la parada en la Bombonera. Al mismo Zico en el Mundialito de Uruguay en el 82, que llegaba como gran estrella. O ser el indio que agarrara la lanza para clasificar a la Argentina al Mundial 86 en el instante final contra Perú.
Daniel jugaba estos partidos como había que jugarlos. Con el cuchillo entre los dientes, con la adrenalina que le explotaba los poros. Se transfiguraba. Entonces, para que Riquelme no la toque, para que Palermo no salte, para que Gaitán o Mouche no metan la diagonal endiablada, conviértanse en un ejército de Avatares. Igual que el Kaiser, el Tolo, Ruggeri, El Beto, Jota Jota. Aquéllos que achicaban al rival, por el simple hecho de jugar en River e inflar el pecho más que nadie, por el simple hecho de jugar en River. Sólo recuerden aquella anécdota que Daniel siempre evoca. Cuando vayan hacia la cancha, lo último que se ponen es la camiseta. Nada de mirarse al espejo le decía el Beto Menéndez. Esta camiseta pesa mucho. ¡Vamos los pibes!



