Ante un Belgrano que jamás intentó jugar, con un hombre menos por 45 minutos y cuando parecía que moría en el empate, dos zapatazos de La Banda decretaron el triunfo del equipo de Ramón. Fue 2-1 con un remate implacable de Vangioni y otro de Luna, tras un despeje kilométrico de Barovero y una gran peinada de Funes Mori.

Qué chivo, qué difícil va a ser jugar ante rivales que no quieran jugar. Como el Boca de Bianchi, como el Belgrano de Zielinski. Equipos que plantan dos líneas de cuatro con la misión de bloquear la escalada de Vangioni y Sánchez y que toman al incansable Mora al límite de no dejarlo respirar. Pero sobre todo, qué difícil va a ser jugar sin un conductor, sin el enganche que tanto pidió Ramón.

Porque con los carrileros y los delanteros tapados, River pasa a depender casi exclusivamente de la lucidez de su número diez, hoy representando en un Manuel Lanzini que no logra afianzarse en esa posición, que se pierde en la cancha y que pocas veces adopta el rol de conductor. De hecho, anoche, en Córdoba, generó la primera jugada a los 38 minutos del primer tiempo, cuando pasó entre dos rivales y generó una infracción de frente al arco.

Después, con la expulsión de Ponzio, Lanzini resultó el cambio obligado y River tuvo que reacomodarse en el inefable pero lógico 3-4-2. Entonces, a partir de ahí, el partido se hizo mucho más trabado y confuso para el equipo de Ramón. A tal punto, que solo el zapatazo de Vangioni pudo destrabar el encuentro y ponerle un atisbo de justicia al marcador.

No por la cantidad de llegadas, que fueron prácticamente nulas por ambos lados, sino porque River fue el único que salió con la ambición de jugar. Belgrano salió a hacer lo suyo: cerrarse atrás y pinchar de contra. Pero no le rindió frutos, porque cuando realmente se animó a atacar, ya habían pasado 89 minutos de juego y perdía 2-0.