En el fútbol existe la injusticia, de eso no hay ninguna duda. Si no, pregúntele a Ariel Ortega: ídolo eterno, no tuvo su mejor tarde e influyó en momentos claves del Superclásico. Más: parece que la pelotita está ensañada con este River, que le cuesta horrores crear situaciones de gol y, cuando las crea, la definición casi siempre es la incorrecta.

Porque se tuvo que transpirar para pegar el desahogo del pie mágico de Marcelo Gallardo. Era cosa de liquidarlo, porque Boca no jugaba a nada y tampoco acercaba peligro al arco de Daniel Vega. Lo tuvo Matías Abelairas, mano a mano, pero falló. El primer tiempo se fue a pura alegría, pero mesurada.

En la segunda parte, Cristian Villagra volvió a cometer una irresponsabilidad y se ganó la roja antes de los dos minutos, pero luego la viveza del jujeño emparejó las cosas: simuló más de la cuenta un golpe de Julio César Cáceres y el paraguayo se fue a las duchas en medio de insultos.

La lesión de Gallardo, más la roja al lateral izquierdo, hizo que Leonardo Astrada moviera el banco e incluyera a Maximiliano Coronel. Nicolás Gaitán hacía lo que quería por la izquierda y era lo más peligroso del rival, que llegó a un empate inmerecido tras una definición de Martín Palermo, tras toque de Juan Román Riquelme.

Desde entonces, River no pudo sostener la claridad de la primera mitad y le costó llegar al área contraria, pero tuvo una clarísima: gran jugada de Buonanotte sobre la derecha, pase a Abelairas y el zurdo estrelló su remate en la base del palo. No había nada que hacer, la pelota se encaprichó y se fue afuera.

La igualdad deja a River con un dejo de tristeza, porque sigue sin poder sumar de a tres en el torneo y los tres puntos hubieran significado un envión anímico fundamental para afrontar lo que viene. Mención aparte para la gente: impresionante a lo largo de toda la tarde. En las tribunas, no hubo dudas de quién fue el ganador.

Imagen: Fotobaires.