¿Quién dijo que en Núñez no tiran todos para el mismo lado? Jugadores y dirigentes pugnan por forjar “el peor River de la historia”. Unos se comen un verdadero baile ante el modestísimo Huracán de Cappa, y otros -además de sus cuantiosas hazañas- acallan la tribuna. A La Banda le hicieron cuatro en Parque Patricios y desde la popular sólo se escuchó un par de silbidos. Urgente, por el bien del club, que alguien encuentre la vacuna.
En River está todo tan raro, que hasta escribir estas líneas puede llegar a ser complicado. Cómo será, que a la bronca del hincha la tapan con un parlante y a los socios los echan de su propio club empujados por la Policía. Pero como si todo eso no fuera suficiente, cada semana reaparecen los síntomas que hablan a las claras de un club completamente enfermo.
Enfermo de política. Porque las calles de Parque Patricios aparecieron empapeladas con los clásicos afiches electorales, de esos candidatos -oficialistas, híbridos u opositores- que parecieran no tener nada en qué trabajar de acá hasta el bendito día de las elecciones. A prepararse entonces, porque así de perspicaces son los que vienen, que mientras cuidan sus interesescultivan el caldode los que están ahora. Pero también enfermo de violencia, porque no sólo hubo afiches políticos, también aparecieron algunos que más que política sembraron miedo, como si River ya no hubiera sufrido demasiado.
Enfermo deportivamente. Porque a estos jugadores no hay fondo que los haga resurgir de sus cenizas. Salen a jugar sabiendo que van a perder y pierden. Y aún así después se dan el lujo de hablar de la gente… justo ellos, que son el plantel más fracasado de la historia. Aunque esto no es sólo culpa de los jugadores, si no también de quienes aprovecharon un negociado para traerlos o mantenerlos, como así también de quien todavía decide ponerlos. ¿Para qué? ¿Hasta cuándo? ¡Si da lástima verlos!
Pero principalmente enfermo por sus dirigentes. Por aquellos que llegaron pregonando amor por el club y hoy, además de hundirlo económica e institucionalmente, lo desbaratan deportiva y socialmente. Porque la camiseta se convirtió en el hazme reír de todo el continente y, encima, esta dirigencia también se dio el lujo de dividir a su gente. Por eso hoy River se come cuatro goles y nadie dice nada. Por conveniencia o temor, toda la popular calla, y el oficialismo sigue ahí, intacto, inalterable, contagiando una enfermedad que hizo estragos y promete no tener cura.
Foto: La Página Millonaria.