River fue pura actitud en la Bombonera y se mostró entero a pesar de las bajas y la seguidilla de partidos. No tuvo fútbol, pero el 0-0 en el partido de ida lo dejó bien parado ante un rival que llegó a esta instancia sin nada que perder. Vamos, falta un paso más para la final.

Queríamos ganar, por supuesto, todos queríamos ganar. Queríamos pasarlos por encima y sacarnos la espina de ese Superclásico pasado por agua en el Monumental. Queríamos demostrar que este River es muy superior al eterno rival por nivel de juego y ambición.

Que aún con el equipo en baja por la ausencia de sus figuras y por la seguidilla de jugar cada tres días, este plantel era capaz de enmudecer a la Bombonera dos veces en un mismo año. Tal como silenció a esa hinchada y sus parlantes durante todo el 2014, jugaran donde jugaran.

Queríamos todo eso y más. Merecíamos todo eso y más. Pero ya en la semana el Muñeco había anticipado que, en virtud de los lesionados, la caída del nivel y de que este es un Superclásico de 180 minutos, apostaría por decisiones más inteligentes que impulsivas. Que no se dejaría embargar por el deseo de todos de volver a ver a ese River de juego bonito, demoledor en la primera parte del semestre.

Y así lo hizo: en La Boca, River no tuvo fútbol ni generó, pero porque tampoco lo pretendió. El juego del equipo se basó en mostrar actitud, carácter y temperamento para controlar el desarrollo del partido en la casa del rival, con todo el público en contra, y ante un Boca que no tiene nada que perder. Que llegó a la semifinal de regalo y que lo peor que le puede pasar es padecer otro traspié en uno de los peores semestres de su historia.

En cambio, este River sí tiene mucho por qué jugar. Se trata del campeón del fútbol argentino que llegó a una semifinal de copa después del momento más duro de su vida y que durante los últimos cuatro meses construyó demasiado como para tirarlo por la borda en tan solo 90 minutos. ¿Por qué arriesgar? Mejor esperar una semana más y pisarlos en el Monumental.