Cuesta horrores empezar a confiar aunque sea un 1% en cualquier versión de River por lo menos desde mediados del 2023 hasta estos días, y el nuevo papelón futbolístico del sábado por la noche frente a Tigre fue una nueva muestra cruda y cabal. Porque incluso suena hasta tragicómico que para mí el que fue el peor partido del segundo ciclo de Gallardo se haya dado en un contexto donde parecían empezar a asomar de manera concreta atisbos de aires renovados y de una nuevos aires ligados a la confianza. Pero no, otra vez no.

Y resulta inevitable para el trabajo de nuestras cabezas que después de un cachetazo tan duro no empiecen a asomar por el espejo retrovisor los malos vicios que tuvimos durante todo el 2025. Que por decantación no sobrevuelen esos espíritus horrorosos ligados al funcionamiento y sobre todo a la falta de reacción ante la primera muestra de adversidad dentro de un partido. Es tan doloroso el nivel que mostró el equipo desde lo individual y lo colectivo ante Tigre como la cruda estadística que marca que no podemos dar vuelta un partido desde hace más de 14 meses con 17 encuentros que empezamos perdiendo en el lomo dentro de ese lapso. Inaceptable para cualquier equipo que aspira a ser protagonista.

Marcelo Gallardo una y otra vez en cada conferencia de este año se encarga de querer separar el pasado del presente. De comunicar que el 2025 fue un punto y aparte, y que de ahora en más hay que mirar hacia adelante. De no contaminar desde su discurso los problemas del ayer con lo que se vive hoy. Pero el 1-4 sufrido en el Monumental lo primero y único que provocó en nosotros fue que ese supuesto punto y aparte se vuelva a convertir de inmediato en un punto seguido, porque se nos vinieron una tras otra las peores pesadillas.

Solamente el tiempo dirá si lo del sábado a la larga será una excepción o nuevamente una constante, pero lo cierto es que el Muñeco ante cada cachetazo papelonesco del equipo queda un poco más hundido y alejado de la superficie, y empieza a entrar nuevamente en ese loop de desconfianza que ya tiene cargado en sus espaldas. River bajo su mando desde la serie frente a Mineiro del 2024 hasta hoy sigue siendo una máquina de pegarse tiros en los pies que no tiene ninguna explicación lógica.

Cada día el pozo se agiganta más de cara a que pueda taparlo y revertirlo, y cada papelón que se sucede abre la puerta a un posible final de historia que puede ser cada segundo más terrorífico para su imagen bien ganada de ídolo. Porque hoy por hoy no logra convencer a los de adentro ni todavía sacarle el máximo jugo a ningún futbolista, con una identidad que llevará tiempo que se vea marcada en caso de lograrse, y tampoco logra llegar a la credibilidad discursiva de cara al gran grueso de los hinchas. Antes su palabra era tan sagrada que ante el mínimo gesto u oración motivadora entraba en cada corazón de manera positiva, y hoy sucede netamente lo contrario.

Indudablemente las paradas bravas que se vienen de manera consecutiva de visitante en las canchas de Argentinos y Vélez serán una nueva y dura prueba para superar todos estos miedos que nos volvieron a rodear, y veremos si de una vez por todas el equipo suelta rápido el mazazo de su cabeza y logra enfocarse de lleno. Aunque todo resulta aún más cuesta arriba cuando no solo la falta de gol de los delanteros es alarmante, sino además el hecho que todos los atacantes de experiencia arrastran una falta de confianza total y literalmente pisan menos el área rival que los laterales o los volantes.

En cualquier otro contexto deportivo un poco más feliz podría aplicarse la frase hecha del fútbol que dicta que un buen cachetazo a tiempo casi siempre sirve para reaccionar, pero el arrastre de desgracias y la desconfianza que reina en el ambiente provocan que hoy el pesimismo se lleve por delante al optimismo, y es una pena aún más grande porque el año no había comenzado de esa manera con la llegada de los refuerzos. Dependerá de cuerpo técnico y jugadores que la tendencia en algún momento se revierta, y para eso deberán aparecer consecutivamente partidos como el que se vio en Rosario por ejemplo donde hubo energías mentales para plantarse bien en un terreno difícil y también herramientas futbolísticas en base a juego asociado para generar situaciones de gol con criterio.

La base de la exigencia siempre debe ser esa como mínimo. Y también que haya más castigos deportivos para aquellos que siguen desaprovechando oportunidades. Que los pibes nunca más tengan que entrar a intentar salvar las papas estando 0-3 y con un jugador menos, y que empiecen a ser ellos quienes definitivamente se ganen su lugar por varios partidos seguidos para mostrar sus condiciones. Y ojalá de una vez por todas empiece a asomar el River que todos queremos, y que en diciembre recordemos el partido contra Tigre con una sonrisa porque fue el último papelón que nos despertó del letargo y que marcó la reacción definitiva. No puede ser que las únicas pequeñas sonrisas del último tiempo solo lleguen por derrotas que ocurren en la vereda de enfrente. Un 2026 con más tintes del 2025 ya sería insostenible para cualquiera.