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Waiting on a friend

Waiting on a friend
20/01/17OPINIÓN

Waiting on a friend

POR ARIEL CRISTÓFALO

Mi viejo es como yo: muy sensible, muy de extrañar. Ahora que estoy en Estados Unidos desde hace un par de semanas, sigue muy de cerca mi cobertura para Olé, me escucha en la radio religiosamente todas las noches así salga cinco minutos. Escucha un programa entero, desde la medianoche hasta la una y media a eme, un programa que seguramente no le interese, sólo por esos cinco minutos en los que me enganchan al aire para pasar revista de la actualidad de River desde aquí. Y después me los comenta: hablaste muy bien, Ari; qué lío eso de Montoya, ¿no? Pobre el pibe que se rompió los ligamentos, eh. Y me lee: gran la nota con Alario, Ari; muy buena columna hoy sobre los Uber en Orlando; espectacular la entrevista a Alonso, Ari. Que mi viejo me siga la carrera y sobre todo que le guste lo que hago es lo más grande del mundo. El periodismo deportivo no es lo suyo, claramente: él es de un círculo más respetable, es mi ídolo, es del palo de las Letras, muy groso en lo suyo, un intelectual muy hincha de River que ve el fútbol como un divertimento, como lo que realmente es. Y cuando le dije que iba a estudiar esto, tenía dudas. Y un tiempo después lo entendí: estudiar periodismo deportivo es una trampa. Es un sistema perverso en el que las escuelas se llenan los bolsillos con millones de aspirantes que creen que pueden vivir de esto y que no saben que sólo el 1%, siendo bueno, podrá dedicarse de lleno a esta actividad, y en general para que les paguen muy mal. Yo tuve suerte y creo que también soy un poco bueno, o eso me dicen algunos, pero tuve suerte. Cada vez que me preguntan dónde estudiar esto, yo les recomiendo, primero, que no lo hagan, que de hecho el periodismo es un oficio, que es algo que a lo mejor ni siquiera se debería estudiar sino sólo practicar: yo aprendí en mi primera pasantía en Olé. Estudien otra cosa, algo que los haga mejores, y después ejerzan el periodismo pero sin pagar el IVA de las escuelas privadas. Claro, a mi viejo no le hice caso (o sí, porque también estudié arquitectura), pero me arriesgué, él dudaba, conociendo el paño. Y salió bien. Entonces, que él se quede una hora y media oyendo pavadas en la radio para escucharme, o que lea todas las notas que escribo en el diario, incluso las que no siempre le escapan a un ámbito tan protocolar y trillado como el del fútbol, y que encima le gusten, para mí es lo máximo. Aunque sólo me sale decirle "gracias", a secas.

El otro día entrevisté a Gallardo. ¿Ya dije que para mí Gallardo es mi papá, ese tipo en el que depositás absolutamente toda tu confianza porque sabés que va a resolver cualquier problema que tengas, ese tipo que siempre tiene razón además de las respuestas para todo?

Llega el tipo al encuentro, cafecito en el Hilton de la UCF de aquí, Orlando City, esta ciudad desangelada incluso con la magia de Disney como leitmotiv. Se pide un feca, expreso, me pregunta cómo la estoy pasando, si tengo mucho laburo con el diario y la radio, le digo que sí, que estoy medio colapsado pero que estoy acostumbrado a eso, le digo que no me gusta esta ciudad, que no tiene una escala humana, que no podés hacer nada sin un auto y que yo no sé manejar, que sólo hay parques temáticos o shoppings u hoteles y nada más, y que, más allá de ser interesante, es una mierda. Me pregunta por el diario, le digo que está todo mal, que acaban de echar a 300 tipos y cerrar la imprenta de AGR, que la Policía los reprimió. Se sorprende, se enoja, pero hay que empezar con la nota porque después tiene que irse al entrenamiento vespertino. Son unos 45 minutos de charla en los que me doy cuenta de algo que ya venía sospechando: creo que Gallardo me quiere, o que al menos le caigo bien, y hasta fantaseo con que le gustaría ser mi amigo, porque se distiende, porque se abre a decir cosas que nunca había dicho, más íntimas, porque se da cuenta de que me interesa más diluir la entrevista en una charla de cafetín con él y que no es una cacería de títulos como suelen ser las notas que les hacemos a los técnicos y a los jugadores de fútbol habitualmente. Durante la conversa pensé eso y me gustó. Un ida y vuelta (más vuelta que ida, porque yo casi siempre escuchaba) que pudo haber durado horas, pero que se interrumpe cuando efectivamente el reloj marca que debe irse porque tiene que trabajar y porque si no llega a horario lo multan: la regla de la delegación es ésa, cien pesitos gringos la falta. Y cuando se levanta, me dice algo que ya me había dicho una vez, pero ahora más en confianza: que me lee siempre, que le gustan mucho mis crónicas, que les doy un giro muy bueno. Y a mí se me llena el alma, pero le digo "gracias" y nada más, porque realmente no se me ocurre otra cosa para decir, porque me paralizo como cuando me elogia mi viejo, que al día siguiente lee la entrevista a cuatro páginas y me manda otro mensaje. Extraordinaria nota a Gallardo, Ari, te felicito, me pone muy contento, qué emoción.


Crédito: Esteban Serrano @cienperros


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