Que aquella tarde se haga eterna, que ese fuego no se apague nunca. Que encienda nuestra memoria hasta nuestra agonía. ¿Hay otra mejor manera de elegir morir sino como el gaita de “Luna de Avellaneda”? Sí, con un rayo de luz iluminando el frentazo del Beto a la bocha naranja, con Higuaín de rodillas y Gatti viajando para el otro costado. Año 86, tiempos de sueños y esperanzas. Tiempos de fútbol y de inmadura pero oxigenante democracia. Había marchas, movilizaciones, debates, casi cotidianos. El cable era el de la luz. La televisión, una por casa. La radio a full. Las Barrancas de Belgrano, los sábados a la noche, encerraban el sortilegio de la música al aire libre. Maradona era el mejor jugador del mundo y Enzo el Príncipe. Sin más vueltas.
Una cofradía de cobardes asesinos de uniforme había sido juzgada y otra de esbirros insurrectos comenzaba a operar por el Punto Final. Ríos Ereñú no era Balza. Luego de la inolvidable chilena del Enzo a Polonia, aquel verano en Mar del Plata, llegaría el asalto final al título 85/86.
Cinco fechas antes del final, River le ganaba a Velez 3-0 de local y era campeón. Enzo se iba a Francia y asomaba Caniggia. Mientras tanto, Saúl le metía paro y paro
A Raúl. Las Pascuas durante un año más serían un feliz recuerdo. Badía volvía a tener compañía con el rock nacional. Se respiraba aire puro, se escuchaba a La Negra, a Silvio, al Negro Heredia, a Los Jaivas, a Quilapayún. Sting era Dios. Bono Jesús. A Bilardo lo habían salvado los huevos de Passarella.
El recordado Carlos Juvenal denunciaba la delirante intención de privatizar las Radios Belgrano, Excelsior y los canales 11 y 13. La Renovación Peronista quería un presidente como Alan García y los radicales querían mudar la Capital a Viedma. La derecha tenía su programa de culto: Tiempo Nuevo de Neustad y Grondona. Su diario de cabecera: La Nación. El Porteño y Humor eran lo más parecido al periodismo independiente. Tiempo Argentino y la Razón eran oficialistas y Clarín, el diario de la clase media “queganista”. Jorge Lanata y Eduardo Aliverti tenían 25 y 30 años y cuando hablaban de “progresismo” todavía sonaba a “asignatura pendiente”, pero fundamentalmente, a sacrosanta utopía todavía creíble.
Desde 1984 hicieron Sin Anestesia un programa radial de investigación que para el primero serviría de ensayo para lo que sería la creación de Página 12, el gran diario que creó El Gordo. El referente de una generación que sobrevivió al horror y siguió creyendo en los sueños de cambiar el mundo. El diario de las fotos de los desaparecidos. El diario que hoy ya no tiene al Gordo, quien nunca abandonó la “crítica” y se convirtió en el Diario Oficial del Kischnerismo.
6 de abril. Arde el país. Juegan River y Boca. Una pelota naranja que parece el Planeta Marte. Marte justamente el Dios de la guerra. Y allí en la Bombonera había presagios de guerra. Los medios aconsejaban no dar la vuelta en ese estadio. Lo siniestro amenazaba. Sin embargo, un equipo de hombres estaba dispuesto a desafiar el oráculo de las Parcas si era necesario. Veníamos de tanta muerte absurda… ¿quién nos podía arrebatar esa felicidad?
Cuenta la leyenda que la voz del Capitán Beto se hizo escuchar en el vestuario: “¡Muchachos, yo esperé este momento toda mi vida, me sacan muerto, pero la vuelta la doy igual!”, arengó a sus compañeros.
Allí estaban: el Tolo, esa masa oscura y aguerrida, al frente del pelotón, el Cabezón tomándose revancha, el Tapón, el Uruguayo Gutiérrez, el Negro Enrique, el Pipo Gorosito, el Beto, Alfaro, Nery, Montenegro, la Araña y el Pitufo.
Desde la tribuna, todavía cantamos. Cantamos porque somos militantes de la vida y el fútbol. Militantes de aquel equipo heroico, no sólo por la vuelta más soñada. Sino por devolverle al hincha de River “el sentimiento y el orgullo” de ser hinchas de un equipo de hombres con mayúsculas. Porque la gente que acompañó y empujó a aquel equipo respiraba y transpiraba las mismas ganas y la misma fe que sus jugadores. Fue un equipo con mística de campeón, que bajaba desde el tablón al césped y viceversa. Fue el equipo que desmitificó definitivamente algo que sólo los necios pueden afirmar: que el hincha de River no tiene aguante. ¡Por favor!
Todavía cantamos, por tener en la retina las venas abiertas del Beto, las mandíbulas crujientes y los puños apretados estrujando y besando la banda. Unico. Como ninguno. Fue el primero que la besó. Un beso que fue tapa del Gráfico y póster inmortal.
Equipo heroico decía antes. Por razones humanas también. Todavía cantamos y todavía pedimos junto al Pitufo Morresi, ese jugadorazo, que debió resignificar el sentido de su vida para soportar el peso fantasmal de tener un hermano desparecido por la dictadura.
River, el fútbol y la magia que esa muchacha de cuero ejerce sobre las personas, le permitió ir reparando de a pedacitos tanto dolor. Un año junto a un Enzo infernal. Armando una dupla demoledora.
Y esa tarde de goles con pelota de guerra primero y con la pelota de luna y de cielo después, junto al Beto como para demostrar que a River siempre le sobra algún ídolo.
En silencio el Pitufo logró de aquel equipo, armar la red afectiva que lo ayudó a no abandonar la lucha dentro y fuera de la cancha.
Por eso aquella tarde cuando levantó la vista hacia la cabecera de Brandsen, separó el dedo índice, del mayor haciendo La “V” de victoria, y en todos nosotros halló a su hermano.
No nos olvidaremos jamás. Porque el olvido. Está lleno de memoria. Ni de aquel 6 de abril del 86, ni que “la vida es bella” cuando lo trágico se puede transformar en maravilloso
Todavía cantamos, todavía pedimos, como reza aquel himno de los 80: ¿que nos digan adónde han escondido las flores que aromaron las calles persiguiendo un destino? ¿Dónde, dónde se han ido?