En River no solo los malos resultados, las derrotas y las humillaciones parecen haberse cristalizado. Hay otra conducta que emerge como más preocupante: ¡nunca hay responsables! Astrada parece más intocable que la virgen María. Sus devotos lo han puesto en un pedestal de ídolo poco menos que incuestionable. Tan elevado amor a la camiseta -como si trabajara gratis- le ha proporcionado un manto de inmunidad equiparables a los de un canciller. Sin embargo, la resignada ambición con que salió a jugar el partido frente a Lanús, sin enganches ni generadores de juego, el gataflorismo expuesto con el manoseo a Ortega y esa pérdida de autoridad que exhibe partido a partido donde a falta de Gardel, cambia los guitarristas incansablemente, ha logrado retroceder en el tiempo casi al punto de partida. Ha vuelto a River esa sensación de “apetito por la destrucción”, donde las inseguridades de un plantel sin titulares –con excepción de Vega- potencia mucho más sus propias limitaciones.

Me resulta por demás injusto cuestionar la virilidad de estos jugadores. Ser hombre es saber aguantar la pelota y hoy Astrada no ha logrado darle vuelo a ninguno de los volantes que tiene para cumplir esa función. Gallardo, Ortega, Mauro Díaz o Rodrigo Rojas. Fantasea con el regreso del hijo pródigo –el Burrito- y luego retrocede ante el temor al escándalo, cuando el tema ocupa las primeras planas de los medios. Astrada confunde, porque no se sabe si está en su cabeza jugar con creadores por convicción o por necesidad. Sería imperdonable que la demagogia lo traicione, pero si esto no fuese así, por qué no utilizó contra el Grana a ninguno de los otros posibles conductores de arranque. El primer tiempo contra Lanús fue una película de terror. Resucitó a Abelairas, a quien lo había sepultado luego del partido contra Independiente y lo volvió a enterrar. Es sabido que el zurdo ha perdido “feeling” con la gente tanto como Ahumada, pero además, para qué ponerlo si había acertado con Pereyra, que fue figura contra Argentinos. Resulta impredecible también la vuelta de Rosales. Pocos se acuerdan ya que el Keko a principios del torneo fue considerado por los periodistas especializados como el futuro “jugador revelación” del Clausura.

Ser hombre también es saber armar un equipo solidario. Cosa que difícilmente lograremos ver, mucho menos con la soga al cuello. Solidarios no son solo los equipos que se tiran de cabeza a trabar. Solidario fue el Huracán de Cappa. Donde sin grandes figuras, un grupo de pibes mostraban movilidad, capacidad para jugar a dos toques, convicción para salir jugando y decisión para salir a ganar en todas las canchas. Hay una programación mental sobre la que el técnico debe saber trabajar para cambiarle la mentalidad al futbolista. Astrada no ha sabido desprogramar ese cassette de equipo perdedor que arrastra este plantel desde los últimos días de Simeone.

Ya no tiene aquél equipo del 2004, que funcionaba en automático. Había líderes. No están Ameli, Lucho González, Mascherano, Cavenaghi ni el mejor Gallardo. La responsabilidad que hoy tiene el “Jefe” es que no llegó al club dadivosamente y que nadie lo obligó a sentarse en el sillón del Vaticano del futbol, con un plantel infinitamente inferior a aquel. Llegó para hacerse cargo de la transición con todo el riesgo que aquello suponía. De ninguna manera se pueden equiparar sus acciones con la de los verdaderos culpables. Esos señores, andan fumando puros por la verdadera Aruba, mientras la justicia no se sabe en qué anda.

Es una parte de la verdad, la remanida explicación sobre la herencia que legó este cuerpo técnico. La otra es hacerse cargo de la responsabilidad que se asumió al hacerse cargo de esta función. Reconocer que se valorizó y se respetó su trabajo aún con el cambio de gobierno. Sin embargo, valdría la pena revisar si las expectativas que su figura construyó, hoy dan la talla de lo que la historia de River exige de su entrenador.

No me gustó lo que pasó con Ortega, me sonó a desesperación, utilización y reversa inmediata. Me pareció horripilante el River del primer tiempo y aceptable el del segundo, con Villalba y Rojas en cancha. ¿Pero por qué regalar un tiempo? Este “apetito por la destrucción” suena como esta vieja versión de Axel Rose que desilusionó a sus fans en Vélez. Ya no alcanza con el carisma. Los Guns & Roses hablan del amor y el odio. Da más que bronca seguir enroscados en este juego gatoflorístico. “Te amo, te odio, dame más”, canta Charly, y el círculo vicioso que no se rompe.

River debe quebrar esta línea de irresponsabilidad consuetudinaria. Poner huevos, como canta la hinchada, es empezar por hacerse cargo de los errores o de la propia incapacidad. Lo demás es repetir la historia de los sátrapas que fundieron al club durante la década infame. Cambiemos el cassette de manera urgente. Alguna vez hubo uno que decía: Ganar, gustar y golear. Volver al Punto “G” . Cambiar la tortura por el placer. ¿Qué le parece?

Foto: La Página Millonaria.