Nada dijeron las escrituras sagradas acerca de aquel chiquilín que en los tiempos que los océanos desbordaron los continentes tuvo la misión de guardar las semillas, el humus, el pasto y las matas de las verdes planicies anegadas. El tiempo subterráneo se ocupó de ignorar a aquel noble misionero bautizado como Hermindo. La falta de reconocimiento parece una constante en la historia de este nombre. A tal punto que con los años, su primera letra se le fue desdibujando. Quedó luego, instituido Ermindo, el labrador, el portador de la semilla.
No parece casualidad que a fines de los 80, un homónimo crack hubiese derrapado fatalmente en la Ruta 9, casi repitiendo el estigma del olvido. Aquella muerte temprana que nos llenó de bronca finalmente tuvo su recompensa en el cielo. El cosechero de firuletes y gambetas pudo llevarse el potrero al cielo. Apenas Dios reconoció al recién llegado, armó dos arcos con un montoncito de ropa vieja y pintó un picado. El Barba pisó el pan y queso con un querubín y ganó. Tenía de sobra para elegir.
Estaban la habilidad haciendo jueguito. La inteligencia describiendo el dibujo táctico del partido. La picardía chamullando al árbitro. La garra y el sacrificio mostrando los moretones de sus piernas. Sin embargo, optó por la sabiduría y eligió a ERMINDO. El Ronco se cansó de devolverle paredes brotadas de flores y el Creador le ofrendó el sonido del trueno a cambió de su ronquera, sus medias caídas y la casaca inflada.
Aquí abajo, abajo, érase una época de mayor romanticismo. Sin embargo, pocos percibieron lo que culturalmente escondía el mundo. Debajo de la jungla del fútbol de los 60, broncaba como la voz de un león alimentado a hierbas que luego nos fue devorando el estilo. Había surgido el cattenaccio. Un estilo importado de Europa, especulador, avaro, resultante de la miseria y los cambios sociales de posguerra. Los argentinos fieles a la ciclotimia de su identidad y consagrados a construir “La República de Otaria” (genial sátira de R. Scalabrini Ortiz) compraron otro espejismo.
Los uruguayos que ya tenían chapa de guapos, para no ser menos nos siguieron. Brasil tuvo su crisis en el Mundial 66, donde a Pelé lo operaron en la cancha, pero gracias a los anticuerpos desparramados por el Santos resurgieron en México 70, cuando La Revolución del Flequillo, el Mayo Francés, el Renacimiento de las Utopías y la derrota de los EE.UU. en Vietnam señalaban un derrumbe estrepitoso de las convenciones y normas de un capitalismo deshumanizado que todavía no había mostrado hasta dónde era capaz de llegar. El Santos, como River aquí, lideró la resistencia futbolera de un estilo comprometido con la estética y el espectador.
Fue un River que no pudo campeonar y al que rápidamente estigmatizaron de gallina. Eran los primeros indicios de una cultura resultadista, exacerbada por un nacionalismo ramplón de papistas mayores que el Papa -¿o más boludismos del argentino piola?- que copiaron el modelo y lo perfeccionaron. Apareció el Boca de los 15 primeros minutos de Rattín, en la Bombonera, que tenía carta blanca para matar. Después la obsesión de ser campeón del mundo, cueste lo que cueste. Primero Racing, luego Estudiantes, lo mismo que Nacional y Peñarol, todos hermanados en la trampa, se dieron el gusto.
El fútbol criollo era un entrevero de taitas en una y otra orilla del Plata. Eramos “los mejores”, no importaba cómo ni de qué manera. Fútbol era sinónimo de patrioterismo. Virilidad u hombría se confundían con patoterismo y la soberbia descubría un país acomplejado. Ni siquiera el ridículo o la grosería de terminar en una comisaría como Poletti y Aguirre Suarez en la final contra el Milan generaban vergüenza.
¡Qué lejos quedaba este fútbol con aquél que soñó Ermindo en los suaves atardeceres de Las Parejas! Nadie se dió cuenta de nada. Ni que fue Rey sin corona, ni que fue el “eslabón perdido” de la cadena del fútbol arte. Ermindo tuvo todo: panorama, pique corto, dribbling, gol (98 en 222 partidos), pero también tuvo una fatal incomodidad. La de haber sido un postergado o un adelantado. Debió haber nacido diez años antes o diez años después. Arme su propia lista y compruebe la pobreza franciscana de la década del sesenta, en materia de talentos. Fanatismos aparte, pudo haber estado Rojitas y punto.
Yo digo: Moreno/Pedernera (40), Sívori/Corbatta(50)….¿? (60). Alonso/Bochini/Housseman (70), Maradona (80), Ortega/Enzo(90) . Y ahí en ese hiato de la historia encaja Ermindo. Que bien pudo haber sido figura de La Máquina o del Brasil del 70, del Huracán del 73 ó del River de Ramón, el contramodelo de fin de siglo.
Nadie se dio cuenta de nada. ¿La identidad? ¿Con qué se come? ¿ El espíritu de lo colectivo? El alma de un país que no se mira para adentro, es un país desalmado. Zonceras que nos costaron un poco caras. El huevo de la serpiente de los devastadores 90 se estaba anidando. Y nosotros chiquilines de aquel tiempo comprábamos los que los mayores nos decían. Hoy, convencidos de que “la patria es la infancia”, nos vemos en la obligación de desandar caminos, desenmascarar falsos “mitos” y resignificar una historia armada para otarios.
Amar a Ermindo fue tan loco como imaginar el hippismo en Auschwichtz. ¡Gracias Ermindo, entonces, por la rebeldía y la osadía de no bajar las banderas de los vencedores vencidos! Por quedar ronca tu garganta de gritar goles maravillosos como el tercero a Gilmar en la Copa de las Naciones del 64 ó aquél a Suiza en el Mundial a Inglaterra o por guardar el llanto de aquel desencanto trasandino y por bancarte el suplicio que soportaron tus desnudas canillas frente a la rudeza del Hacha Bravo Navarro, el Tucumano Albrecht, Silvera, Acevedo, Forlán, Ubiñas, entre otros.
Ahora ya sabe, si le preguntan, ¿dónde voló su voz ronca, el embrujo de sus medías caídas o su casaca inflada? Ya sabe, anda con Dios jugando picaditos. Y si truena es porque el sabio al fin está feliz. Tiene su escuelita de fútbol en el cielo.
Pasaron muchos años, en que la memoria fue congelada glacialmente. Sin embargo desde el 8 de abril de 2005, el vestuario de fútbol amateur del club de Núñez se llama Ermindo Angel Onega. El se ocupó de llevar, como nadie, el fútbol amateur, el del potrero, el mismo de Las Parejas al profesionalismo. Fue el único fútbol que entendió. Para los que tuvieron el privilegio de verlo, para los que apostamos al semillero, difícil será desmentir que ERMINDO fue “el eslabón perdido”. Unico, como su nombre.