No exagero en nada si le digo que el gran protagonista de la victoria fue usted. Es que vi tantos tipos arrodillarse y rezar, agradeciendo al cielo. Con sus cuerpos llorando sudor y su alma roja y blanca en carne viva. Ellos, como nunca, se metieron en la película. “Yo soy del gallinero porque tenemos h…”, entonaba infatigablemente esa marea humana, que hizo imposible no ser parte del coro. Que ayer con justicia lo hizo sentir mejor. Que gozó y festejó como hacía rato no lo hacía. Que todavía baja las escaleras saltando, abrazada. Que camina por Udaondo y a todos se les escapa la felicidad de la boca. Esa que minutos antes había puesto al Monumental de pie nuevamente.
Haciéndolo bramar como un volcán, festejando como si se ganara la final de la Copa Libertadores. Allí arriba, había tres cuarta parte del estadio en cuero, revoleando remeras. Regalándole al éter esa vibración que todavía me recorre cuando escribo. El “jugando bien o jugando mal, yo te quiero…” está en la piel de gallina de mi brazo estirado frente al teclado. Enfrente, vi un “silencio atroz”. Un golpe insoportable para los supermecadistas sin barrio. La noche en que River volvió a ser papá del Mirlo -de dulce canto- anteriormente conocido como temido cuervo. Para el hincha de River fue una noche en el País de la Maravillas. Como la de Alicia, que abrió una puerta y vivió un momento mágico.
Vaya a saber uno, si propio del país real o virtual, que invoca la presidenta. Al cabo, qué importa. Solo interesa volver a estar afónicos, más hinchas de River que nunca. ¡Vaya si sobran motivos para sentirnos vivos! Y más que nunca hacedores de esta historia de River 1 vs. San Lorenzo 0, con gol de Afranchino, la noche del 4 de febrero de 2010. Créame que fue para guardarla en un cuadrito. Uno de esos días en que uno entiende por qué un chico se hace hincha de River. Porque somos distintos. Porque las entrañas se nos retorcían y cuando todavía las papas quemaban, el hincha dejó todo para quebrar esta racha adversa. Aún a riesgo de caer en la demagogia tengo la certeza que esta victoria se empezó a gestar mucho antes en la gente que en la cancha.
Hubo una corriente de energía positiva que el jugador de River no pudo haber dejado de percibirla. Era “el partido” que queríamos ganar. Por todo el odio que nos destiló el Club Atlético Sin Libertadores de América en los dos últimos años. Por los cantitos del maíz, de dos pobres lauchas rastreras de claras afinidades bosteras. Por la “imperdonable” proyección de Ahumada, ante su propia impotencia. Por los últimos triunfos azulgranas. Pero por sobre todas las cosas por el orgullo del hincha de River, por su aguante intacto, por su aliento incondicional, por su bronca contenida por las bajas actuaciones, porque está famélico de alegrías y de ganas de volver a ser el “más grande lejos” y además el mejor.
Para ser objetivo, poco por aquí y nada por allá. Los de la placita Butelier, fieles al estilo de su técnico, no salieron con línea de cuatro sino con línea de cinco en el fondo. Y luego de que en el arranque Furchi ignorara el penalazo a Villalva, tras un tackle brutal, se lesionó Gastón Aguirre. Obligado, entonces, el Cholo tuvo que recurrir a un jugador de fútbol: el Papu Gómez. Y mandó al uruguayo Pintos a su puesto natural. Recién allí, San Milagros de los Descensos equilibró.
En River continuaron los claroscuros. Ahumada y Almeyda, el tan solicitado doble 5 de pico y pala no fue tan efectivo como se creía. A los dos se los nota un tanto lentos y erráticos, más allá de la dosis de garra que siempre aportan. Sin embargo, se nota una mejoría en la línea de cuatro. Bien Ferrari con su movilidad y desborde habitual. Muy firmes Alexis Ferrero y Díaz que jugó un segundo tiempo descomunal. Gallardo dejó el alma, pero le faltaron socios. Hubiera sido lindo verlo un rato junto a Maurito Díaz. Sin embargo, fue Funes Mori quien ingresó por el Keko y hubo un rato de la segunda parte donde River se descompensó. Las fichas puestas a Romagnoli les dieron a los de Boedo y/o el Bajo Flores más chances en el armado del juego pero dejó huecos en la derecha del ataque de River por donde Affranchino logró el gol de la victoria. Una pintura, por la pausa de Maurito, la diagonal de Paulo, el toque de espaldas de Canales y la definición al primer palo del entrerriano.
Una victoria, que luego pudo ser ampliada. Por esto, tanto hincapié se hace en la importancia de quien marca primero es a quien primero se le abren los espacios. Bien Canales como pivot, en varias oportunidades y Abelairas con sus conocidas intermitencias. Villalva tendrá que seguir trabajando para demostrar el buen jugador que pinta ser. Vega respondió con solvencia y Nico Sánchez estuvo sobrio y concentrado.
No fue un partido lúcido, ni que se pueda hablar de brillos. Apenas algunos destellos, a mi juicio el del lateral izquierdo, Díaz, el más importante. Implacable en la marca y seguro en los pases. No hubo volumen de juego como para decir que vamos tranquilos a Avellaneda.
Sin embargo, el partido más importante se ganó en la cancha de arriba. Allí donde esa masa medio remolona al principio les regalo unos minutos de la previa a los gauchitos santurrones. Mostraron su cotillón, los trapos que sobrevivieron al huracán. Y después, bajaron el volumen y violín en bolsa se fueron asustados del espectáculo que brindó la Banda del Millo. Gracias jugadores, gracias dirigentes, gracias cuerpo técnico. Pero este partido lo ganó la hinchada. Que entendía mejor que nadie que ya era hora de volver al triunfo de locales, sumar de a tres, despejar fantasmas y tantas amarguras. Fue “el triunfo del hincha de River”. Altamente merecido. ¿Los otros a qué barrio habrán vuelto?