Noche soñada, noche merecida, noche interminable. La alegría nos abraza, nos arropa, nos embriaga. Esos pibes que muestra la tele, ésos que llevan la banda sangre cruzada al pecho, ésos que acaban de humillar a Boca van en busca de su gente. La felicidad se consagra en la sonrisa de sus labios, en los alaridos de revancha y en las remeras al cielo que enarbola esa multitud en el Minella de Mardel.
Acá entre los rastrojos de una picada servida para la ocasión, la excitación es la misma. Luego de la obra maestra del Keko, la mesa queda tan olvidada como desconsolada la tribuna xeneize que no entiende qué es lo que está pasando. Y “los gordos” que se van mirando el piso. Aquí, esta ceremonia armada como un ritual frente a tantos clásicos por tres generaciones gallinas es todo un símbolo del país millonario. El que vio la paliza por TV seguramente, la gran la mayoría.
Pero que conste en actas: estábamos allá, también. Torso desnudo, corazón palpitante, garganta maltratada. El miércoles, en casa de mi viejo se armó nuestra tribunita: el abuelo, su hijo mayor -quien escribe- , Juampi y Fede, los nietos, mis hijos, estuvimos todos a los saltos, con las tres stouts liquidadas haciendo equilibrio y una empanada fría y unos tímidos palitos que terminaron totalmente ignorados. Ellos me hablan y yo no escucho. Me estoy pellizcando. Reparto mis dedos entre los mensajes de texto que empiezo a mandar y recibir.
Paso revista de ellos: ¡Kekosa tan bella!. Otro:¡pongan el disco que hay baile! Y ése que sale de las entrañas:¡Gaitán, Palermo qué feo que es levantarse la remera para que no te escupan en un corner ¿no?! De fondo, mis hijos que gritan “Noooo”, ante cada situación de gol que nos perdemos. Y de reojo pispeo que si Funes Mori hubiera estado fino, era goleada histórica. ¡Pero qué va!, si el golazo de Villalva valió por tres. ¿De dónde salió este diablillo de pelo enrulado, escurridizo, pícaro, imprevisible, guapo? Refunfuño contra los imbéciles que esquematizan el fútbol en cuestiones de peso, talla y edad.
Aparecieron los pequeños guerreros que necesitábamos para enfrentar estos partidos.
Haciendo alusión a la misión Avatar (excelente filme), hace unos días publiqué el parangón. Los Avatares del Kaiser entendieron el mensaje como nunca. Jugar como lo hacía Daniel. Con calidad y dejando la vida en la cancha. Para descerrajar a este viejo Boca-Pandora y aniquilar sus demonios. Para disfrutar de los brotes del semillero que empezaron a florecer. Para aplaudir el acierto de la compra de Rojas. La sabiduría de Almeyda, el desparpajo de Villalva, el futuro de Funes Mori. Hubo un grupo de “pibes-hombre” que nos devolvieron por un rato -ojalá sea in eternum- esa añeja identidad extraviada. Ganar, golear y gustar, con la mentalidad y el espíritu que debe tener “el más grande”.
El año futbolístico recién comienza y en poco tiempo sabremos si estamos corriendo el riesgo de caer en algún exceso de triunfalismo o no. Lo cierto que esta alegría irrefrenable del toqueteo propinado en todo el segundo tiempo y ver a Boca acalambrado es un bálsamo inconmensurable que no lo voy a censurar, aunque me aseguren que fue un sueño de una noche de verano. Ya veremos. Mientras tanto, de aquí al domingo quién les quita lo bailado. A los sueco-genoveses además del QEPD de los afiches les recomiendo dos letras de Cadicamo. Los Mareados y Niebla del Riachuelo.
Mientras tanto, nosotros sacamos otra birrita del freezer para consagrar la alegría de este triunfazo.
Imagen: La Página Millonaria.