Este plantel quiebra barreras, supera límites insospechados y, como si fuera poco, tiene la capacidad de elegir la opción más difícil en situaciones fáciles de resolver. Anoche, como en tantos otros partidos, River cometió equivocaciones demasiado infantiles que no deben pasar por alto.
Aquellos que suelen decir que una imagen vale más que mil palabras se podrían haber hecho un festín con las decisiones que tomaron los jugadores de River en diversos pasajes del partido, dejando en evidencia un sinfín de limitaciones propias de un amateur. Más allá de la ausencia notoria de un trabajo colectivo en ofensiva y la carencia de futbolistas desequilibrantes, hay errores que son inadmisibles para un grupo de profesionales y ya son moneda corriente.
¿Cómo puede ser que Rodrigo Rojas y Mauro Rosales, por citar dos ejemplos de anoche, dividan la pelota cuando hay un compañero libre? ¿A Paulo Ferrari le pagan extra por cada centro sin destino concreto? ¿Por qué Matías Abelairas nunca se anima a encarar a un rival cuando no queda otra opción? ¿Qué esperaba Roberto Pereyra cuando un cambio de frente iba hacia su posición y tan sólo tenía que avanzar unos metros para controlar el balón? Una vergüenza absoluta para alguien que representa a River.
Ante Lanús sobraron circunstancias para describir la falta de inteligencia: ¿por qué los volantes no presionan a los defensores rivales cuando rechazan un pelotazo? ¿Cómo puede ser que Matías Almeyda, de 36 años, sea el único que en tiempo cumplido persigue a un adversario hasta quitarle la pelota cuando los demás son jóvenes yhay que llegaral empate? ¿Tan difícil es probar de media distancia a un arquero inseguro como Agustín Marchesín?
Ni siquiera hay carácter suficiente para acorralar al otro equipo. Casi siempre que la diferencia en el marcador es de un gol, el conjunto perdedor aprovecha cada pelota para tirarla larga, ganar metros, ejercer presión y cascotear el área rival desde los costados. Sin embargo, River no lo hace y pierde fácilmente. ¿La autocrítica? Este plantel insiste con el discurso del “hay que trabajar”, pero ninguno evolucionaen lotécnico y tampoco existe el sentido común en acciones muy simples. Hasta lo sencillo lo transforma en complicado…
Imagen: FotoBaires.