En el día de las matemáticas, River obtuvo más que tres puntos contra Huracán. De cara al Superclásico, este 2-0 se potencia. Llega en el momento justo, para darle un envión anímico a un equipo sin regularidad, sin derroche de calidad, al que cada victoria le cuesta horrores. Sin embargo, se sobrepuso rápido de su revés frente al Rojo y si se anima, el domingo le puede amargar aún más su pésima actualidad al rival de toda la vida.
En otras circunstancias, este partido ante este alicaído Huracán debería haber sido un trámite. Este Huracán es un despojo de aquel Tiki tiki de Cappa, que tanto deleitó a los amantes del fútbol arte. No obstante, River es la réplica de un aprendiz de montañista. Le cuesta tanto trepar el Himalaya como el petiso ceibo del jardín de mi abuelo. Esta vez contó con todo a favor para manejar el trámite con soltura y no lo aprovechó. Se encontró, como nunca antes en todo el torneo, en ventaja al minuto de juego y no pudo redondear una actuación destacada.
Tanto se reclamaba un mañanero para abrir el partido y tras el gol en contra, nada cambió. La conquista vale la pena destacarla. Fue de libro. Rojas llegó al fondo por la derecha, levantó la cabeza y tiró un centro al primer palo que Canales conectó de taco y entre Funes Mori y el defensor del Globo la empujaron adentro. Estaba para refregarse las manos y pasar una tardecita tranqui, verdugueando a Boca y ensayando el cancionero para ir afiladitos a La Boca (algo que sólo pasó en el final). Antes, nada de eso ocurrió. River decidió esperar, luego de 15 minutos que ilusionaron y el partido cayo en la intrascendencia de uno que quería y no sabía cómo (Huracán) y otro que no quería (River).
Cambió en parte en la segunda etapa cuando en varias cabezas empezaba a rondar el fantasma de Derlis Soto. Hubo mayor movilidad en Ferrari, Alexis Ferrero sacó todo con gran presencia física, Díaz le tomó la mano al que la tenía más “Clara” del globo -el pibe de zapatos naranjas demostró una habilidad inusual para lo que se observa en estos días- y el Muñeco empezó a acertar algunas triangulaciones, como la que terminó en el segundo gol de Canales, previo centro-pase del uruguayo Díaz. A partir de allí ya el partido otra vez se empezó a jugar en las tribunas. Ya había cambiado el rival y la cancha. Se jugaba más en La Boca que en el Monumental.
A River le costó mucho volver a ganar. Fue el mismo de todos los domingos. Aún cuando cambió nuevamente el dibujo táctico (jugó con tres en el fondo). No hubo mayores diferencias con el de todas las semanas. Igualmente estos tres puntos en el día Pi por radio al cuadrado, el de la matemática, el de las ciencias exactas, se multiplican pensando en la cuantificación de la carga temperamental que implica salir a ganar en la Boca.
River no deberá renunciar a su historia, mucho menos si pensamos que la crisis futbolística y grupal de los primos es más profunda de lo que parece. No es casualidad que por Victoria se vieran las tres caras de la Luna –otro misterio de la ciencia- y quien dice que el domingo, como canta la gente, “cueste lo que cueste”, tengan de la misma medicina que en el verano. Por las dudas lleve barbijo. No sea cosa que se pudra todo.