La abstinencia de gol ya es historia. La noticia de la renuncia de Astrada se la devoró. Si bien era previsible, llegó de madrugada, en las sombras, sin explicaciones, quizá porque muchas de ellas caían de maduras. Más allá del carisma del “jefe”, la buena onda que en general siempre le dispensó la hinchada de River, Astrada abandonó lo que quizá nunca debió aceptar. Continuar con un proceso que nació con otra gestión -la peor de todas- y que el hijo adoptado era algo así como El Bebé de Rosemarie o Demian.
Su apuesta fue osada, valiente, aunque a mi juicio, inoportuna. Decidió caminar por la cornisa desde el mismo día en que tomó el cargo. Los vientos oscuros que todavía resoplaban de la era del Anticristo no lo pudieron voltear, pero la fatigosa tarea de atravesar una transición tan rabiosa lo alcanzaron con su mordisco vampírico. Fue de buen hincha de River intentarlo, no sé si de buen profesional. Le puso el corazón pero no la inteligencia. Cuando el aguilarismo caía por su propio peso lo sedujo con sus cantos de sirena. Le tiró 11 anchoas en el desierto y lo hizo depositario del salvavidas de plomo.
Astrada lo aceptó con hidalguía, aunque a poco meses del acto eleccionario, hubiera sido más saludable sido preservarse como candidato de quien encarara el nuevo proyecto político. Jugó fuerte, como solía hacerlo en la “pelada” media cancha y perdió su batalla. Ya tendrá muchas más por delante para tomarse revancha. Esta, especialmente, la del Clausura 2010 era irremontable. Jamás pudo armar el rompecabezas que tenía por delante. Movió fichas espasmódicamente, cambió sistemas de manera compulsiva y nunca encontró el equipo. Nunca una propuesta que siguiera algún hilo conductor.
¿A qué se jugó? Arrancó con un esquema clásico. Línea de cuatro, un volante tapón dos por afuera, enganche y dos puntas (uno por afuera, otro por adentro). Salió Villalva, puso dos referentes de área, Funes Mori, Canales, voló al enganche y probó con línea de tres. Probó con Ortega, Rojas, Mauro Díaz y luego pasó a jugar sin enganche. Anoche, volvió a probar con dos conductores y le faltó gol. Amén de la falta de especialistas a la hora de definir, no se puede jugar con un solo delantero. Nunca llegó a completar el tablero del ajedrez con las fichas que le dieran una estrategia armónica en defensa y ataque. Jugó siempre en 70 metros. No logró juntar las líneas y la manta corta o la manta larga fue su denominador común.
Almeyda fue el comodín. Jugó solo, de doble cinco y fue libero cuando el dibujo así lo requería. Probó una cantidad impresionante de jugadores y es cierto que en su mayoría no le respondieron. Pero también se vio cómo la desorientación se propagó en el plantel que fue perdiendo confianza de manera epidemiológica. El Keko era la gran promesa y perdió su máxima virtud: la de encarar. Así, unos y otros se fueron contagiando de un derrotismo irremontable. El partido con Boca fue el punto de inflexión. A partir de allí se lo vio vencido. Desmomificó a Ortega, quien ya parecía destinado al panteón del Museo, desfrizó a Abelairas, a quien tenía inmóvil y congelado, al borde del camino del destierro futuro, separó a Ferrari y Díaz -los más titulares- por problemas anímicos y se la jugó con los pibes, hasta reapareció Bou, que parecía que la tierra se lo había tragado. Ya era tarde. No alcanzó. Apenas queda para rescatar el acierto en la compra de Ferrero y pocas cosas más.
Astrada, el “jefe”, nunca pudo concluir la jefatura de emergencia que aceptó quizá traicionado por su propia fe ganadora, en este caso muy cercana a la omnipotencia, que es la otra cara de la impotencia. Punto final. Es probable que su salida posibilite “comenzar lo que nunca comenzó”. Un proyecto donde no hay margen para tantos errores. El técnico debe surgir del consenso de las nuevas autoridades. No hay tiempo para seguir emparchando el pasado. Hay que “revolucionarse”. Comprar refuerzos de jerarquía y un técnico que motive tanto a los jugadores como a la hinchada. Que por cierto, merece más respeto. Tanto como la historia de River, que no se puede seguir manchando.
Una pena. Astrada, otro “ídolo” que se va desangrado del Monumental como si se fuera de Transilvania. Es hora de demostrar que ya no hay más Dráculas que temer River.