El equipo volvió a dejar dos puntos por el camino producto de su falta de picardía, viveza y concentración para cerrar los partidos. Hizo todo el desgaste para dar vuelta un encuentro que arrancó adverso y, una vez que lo logró, se dejó empatar mediante una contra inentedible. Así, los dirigidos por Almeyda volvieron a sufrir en la agonía de un partido y a perder la punta del torneo ¡a solo cuatro fechas del final!
Parece mentira. Quién hubiera imaginado que a esta altura del campeonato estaríamos viviendo la misma angustia que padecimos hace un año atrás. Que una semana seríamos pura ilusión y expectativa, y a la semana siguiente, solo decepción e incertidumbre.
Quién hubiera creído que aquella irregularidad del primer semestre, de la que el técnico y los jugadores se excusaron alegando que se trataba de un plantel completamente nuevo, se mantendría incluso en las últimas instancias del campeonato. Cómo comprender que un día se pierde con Atlanta jugando el peor partido de la temporada y dos semanas después se le gana a Instituto dando cátedra sobre cómo jugar una final.
O lo que es peor, cómo soportar que a solo cinco partidos del ascenso y habiendo logrado tres victorias al hilo, el equipo se venga a caer con Guillermo Brown y en el Monumental… Anoche lo hizo todo, lo mereció todo, porque dominó el partido y tuvo el control del juego, pero otra vez –tal como ocurrió otras cuatro veces en el campeonato– se volvió a dormir sobre el final y a regalar una victoria crucial.
Volvió a auto-boicotearse, volvió a tropezar con la misma piedra y a desperdiciar una de las últimas oportunidades que quedan para que River ascienda sin tener que depender de nada ni nadie. Esa oportunidad que se le volverá a presentar el próximo sábado en Rosario. Pero esa sí ya será la última oportunidad de todas. No nos decepciones de nuevo, River.



