River lo tuvo absolutamente todo para coronar lo que fue una fiesta magnífica desde las tribunas. Pero el técnico y los jugadores equivocaron el rumbo sobre el final y Boca se fue del Monumental festejando el empate.
Lo tuvo todo. Tuvo la fiesta. Tuvo el Monumental colmado por más de 60.000 hinchas que coparon Núñez con banderas, globos rojos de un lado y globos blancos del otro. Con un millar de cartulinas que, a modo de mosaico, le dieron forma a la bandera de River en cada una de las plateas.
Tuvo un recibimiento espectacular, con más de tres toneladas de papelitos que volvieron a denotar por qué el River-Boca es el espectáculo más atractivo del mundo. Y tuvo la pasión, el corazón, el alma devenido en apoyo.
Tuvo, ni más ni menos, un gol desde el arranque mismo del Superclásico, desde el vestuario, con todo lo que eso implica. Más en este partido de equipos con presentes paupérrimos y niveles irregulares. Al minuto, Ponzio calcó el gol que le convirtió a Godoy Cruz dos fechas atrás y empezó a desandar lo que se presagiaba como una tarde inolvidable.
Porque enfrente tuvo, además, a un Boca pintado, que sintió ese grito de Ponzio de tal forma que no reaccionó por largos 45 minutos. En cambio, River tuvo a un Mora intratable, a un Ponzio de pases milimétricos y un Sánchez que pisó fuerte por derecha. Así, el equipo de Almeyda tuvo un sinfín de contras, pero no aprovechó ninguna y se fue el descanso apenas con la mínima diferencia.
Y en el complemento, con el golazo de Mora, hasta tuvo la victoria al alcance de la mano. La felicidad de millones de hinchas a solo dos minutos y medio. Pero no, con este River nunca nadie se puede confiar, porque tanto desde el banco como desde el campo de juego son capaces de despilfarrar hasta la victoria mejor garantizada.
Así ocurrió contra Newell’s y así se repitió frente a Boca. Desde afuera, Almeyda demoró el último cambio que le quedaba, y cuando lo hizo, lo equivocó feo: sacó al único jugador que, pese a estar fulminado, mantenía la pelota en campo rival y generaba peligro. ¿Y todo para qué? Para darle el gusto a Trezeguet de jugar el partido completo… Merecido, por supuesto, pero vamos, ¿acaso en dónde quedó eso de “River por encima de todo y de todos”?
Y desde adentro, González Pirez -que había entrado bien para reemplazar a Funes Mori- cometió un penal increíble que significó el descuento a solo 15 del final. Un final que es mejor no volver a recordar.



