Estaba escrito. El triunfo frente a San Lorenzo había dejado únicamente la huella del empujón anímico que suelen dejar las victorias en los clásicos. Nada más. La euforia del festejo no disimulaba el mesurado optimismo con que había que aguardar el partido contra el Rojo. No llama la atención, entonces, que River haya vuelto a perder. Preocupa el tobogán de los últimos 30 minutos. En el que se lo vio entregado. Mal síntoma para un equipo que ilusionó en la previa con su formación y jugó un primer tiempo aceptable. Pero que pagó carísimo la ineficacia de sus jugadores a la hora de la definición y terminó “cargado” e impotente, con ganas de irse a las duchas, mucho antes de los 90.
Todo se alineaba como para que el domingo cerrara redondito. La derrota de Boca frente a Racing, la de Godoy Cruz en Rosario, la Davis, un golcito de Saviola para el Benfica, la gran actuación del Pipita Higuaín en el Madrid, el posible oscar del “Secreto
de sus Ojos” y nosotros. Una victoria en Avellaneda nos podía abrigar alguna esperanza de salir de las viejas “réplicas” de tantos terremotos futbolísticos que venimos padeciendo.
Astrada hizo un planteo táctico inteligente, pero le duró apenas cuarenta y cinco minutos. Pensó en robarle la pelota a un rival, que más allá de los sistemáticos achiques que practica los asume corriendo riesgos y beneficios. Como no lo tiene bien aceitado, sufre como al principio. Pero eso mismo también lo hace un equipo corto que juega a uno o dos toques y tiene mucha movilidad. River le causó problemas cuando se juntaron Rojas y Mauro Díaz, quienes le manejaron la pelota, las pausas y aprovecharon las espaldas de los defensores rojos, bien cubiertas en ese lapso por Reta -el línea que controlaba esa banda- y el arquero Gabbarini que se atajó todo. Ayudados por la exasperante inoperancia goleadora de Abelairas, Rojas, Funes Mori y Canales, que desaprovecharon infinidad de oportunidades.
Mientras tanto, el uruguayo Díaz quedaba insólitamente enganchado -se durmió- en una salida de Vega que Funes Mori perdió en el medio y Acevedo metió un pase perfecto para que Gandín haga fácil lo que a River tanto le cuesta.
Los segundos 45 mantuvieron viva la esperanza del empate hasta el segundo gol. Gran jugada por derecha con Silvera demostrando su infalibilidad. Los cambios debieron hacerse antes. Ya Ahumada estaba extremadamente impreciso, Rojas previsible y Funes Mori absolutamente egoísta. La salida de Mauro Díaz por Gallardo fue cambiar figuritas, cuando River necesitaba ir a comerle la yugular al rival, como lo hizo contra Gimnasia.
El rojo se replegó y se defendió con la pelota como corresponde. Antes, el “colmo de la impericia”: Ferrari que desborda, Rojas a un metro de la línea que pifia y Abelairas que se enreda. Allí se terminó el partido para River. El Rojo tuvo tiempo para los “lujitos” de Fredes frente a Villalva, que nada tienen que ver con la habilidad como quería explicar “el relator del pueblo”.
¿Qué hacer frente a este nuevo golpe al corazón? Como hinchas, seguir alentando. Como socios, seguir exigiendo los resultados de la auditoria y la intervención de la Justicia si se comprueba el vaciamiento. Como periodistas, seguir reflexionando junto a los lectores cómo convivir entre la esperanza y la desesperanza. Justo ahora, a dos semanas del Superclásico, nos llevamos el Oscar a la ineficacia. Y lo más preocupante, esa “amargura” del final. No fue solamente más de lo mismo. Apareció una indolente actitud final que este River no había mostrado y esperemos sea sólo la figura de una depresión pasajera. Treinta minutos abúlicos que habrá que revertir urgente, en furia y en rebeldía. Contra Boca aspiramos al Oscar a la mejor película de acción. ¡Jefe!, si tiene resto es hora de pegar más de un par de gritos.



