Esta tarde, los organismos de Seguridad analizarán la clausura del estadio Monumental como consecuencia de las irregularidades que se produjeron durante el Superclásico.
La sobreocupación de la tribuna Centenario alta, que estuvo prevista para 4.500 personas y terminó ocupada por 9.000 (incluso, algunos medios hablan de 15.000); el ingreso de barras sobre los cuales debió caer el derecho de admisión; y la golpiza que recibieron los agentes de seguridad privada en la tribuna visitante fueron las más graves de esas irregularidades.
Ahora, cuál es la cuota de responsabilidad que le cabe al estadio por alguna o todas esas irregularidades. Acaso no es la Policía la encargada de evitar desmanes y garantizar que ningún hincha sin entrada tenga acceso al estadio.
¿No es la connivencia entre barras, funcionarios y directivos la que permitió que se burlara el derecho de admisión? O tal vez fue el estadio mismo el que implementó el protocolo de Seguridad, por el cual la vigilancia privada del club se terminó metiendo en la boca del lobo.
No, cierto que al estadio no se lo puso en tela de juicio por ninguna de esas irregularidades, ni por los cientos de autos destrozados sobre Figueroa Alcorta, sino porque los hinchas de River cometieron la barbaridad de darle color y folclore a uno de los espectáculos más atractivos del mundo, a uno de los que mayor repercusión genera en el planeta.
Cierto que aquellos organismos encargados de hacer del fútbol argentino un verdadero drama sin trabajar en lo que realmente debieran trabajar decidieron ampararse en una pintada, una bengala de humo y un chancho volador para adoptar una medida que los sacara del paso sin tocar a los verdaderos responsables de que el operativo del Superclásico haya sido un caos.



