El Pelado regresó a su casa después de casi once años, el equipo le ganó a un Lanús que estaba para campeón y el Monumental despidió el año con ganas de que se venga el 2013.

Fue una tarde especial. Una tarde en la que el hincha de River se acercó a Núñez con la esperanza a flor de piel. Poco importó que los números de este torneo enmarquen un presente ambiguo y un futuro incierto. Por primera vez en mucho tiempo, la gente colmó el Monumental con cierta tranquilidad, con la confianza que solo Ramón Díaz puede generar.

No era para menos. Acaso, después de tanto probar, caer y volver a probar, cómo evitar semejante expectativa por el regreso del técnico más ganador de la historia. Imposible. Por eso, cuando el Pelado se asomó por debajo de la platea Belgrano, el estadio explotó: “Oy oy oy”, se escuchó primero, y después el cantito que mezcló aquella esperanza con una súplica de salvación.

“Que de la mano, de Ramón Díaz, todos la vuelta vamos a dar”, tronó por Núñez, mientras el riojano daba los primeros pasos por ese verde césped que lo extrañó durante más de once años y algunos hinchas dejaban escapar una lágrima de emoción, de sufrimiento acumulado, de bronca. Porque es verdad, lo dijo él y lo saben todos, con Ramón en el banco, otra habría sido la historia. No cabe ninguna duda.

Pero Ramón al margen, también había un partido y una obligación: sumar y cerrar el 2012 en el Monumental de la mejor manera. Justo ante un Lanús que llegaba con aspiraciones de campeonar, con los Barros Schelotto en el banco y con un Cabrero devenido en manager sobrador. “River es el rival más fácil que nos queda”, había declarado una semanas antes de visitar Núñez.

Vaya uno a saber en qué se habrá basado, porque su Lanús estuvo muy lejos de ser un equipo con aires de campeón. El primer tiempo fue malo por igual, pero en el complemento -a excepción de alguna llegada granate que supo contener Barovero- fue de River. A través de Sánchez, Mora y Funes Mori, el equipo del Chapa Zapata cercó al rival y, a solo quince del final, lo terminó ganando: Ponzio volvió a tirar un centro magistral, entre Marchesín y la espalda de los defensores, y Mora solo tuvo que meter la cabeza para sellar el 1-0 final.

Y a partir de ahí, la locura. La alegría por sumar, por volver a ganar en casa, el goce a los mellizos y las remeras al viento. “Yo te quiero, no me importa nada, te vengo alentar…”. Listo, ahora que se venga la tercera etapa de Ramón.

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