Para pelear -ni siquiera digamos ganar- el torneo y la Copa Libertadores se necesita un buen equipo titular y seis o siete jugadores en buen nivel para rotar. No es una verdad de Perogrullo, pero los últimos equipos que se han animado a la doble aventura casi siempre se quedaron en el camino al no poder cumplir esto. Hoy River no puede cumplir ni por asomo con esas condiciones; es más, ni siquiera logra conformar un buen y confiable once titular.
Sin ser tremendistas podremos ver que en la última semana, River dio muestras sobradas de contar con un plantel al que le falta el mínimo de jerarquía indispensable para vestir la gloriosa banda roja. Los “titulares” se comieron cinco ante San Lorenzo (mismo equipo que cayó sin atenuantes en la contienda continental ante Libertad) y los “suplentes” perdieron 2-1 ante un rival que no tiene historia y, como si esto fuera poco, es peor que River. ¿Por qué perdió? Porque este plantel no tiene jerarquía, no es simple para jugar, se complica solo y además le pasan todas: o no liga o los pitos le juegan en contra. Eso sin contar cuando decide jugar un tiro libre a las rodillas de los contrarios.
El hincha de River es conocedor de esto, sin duda. Aunque parezca que se haga el tonto por el aliento incesante que baja de las tribunas que le toca llenar, sabe que este equipo es casi imposible que alce la Libertadores a menos que ocurra un verdadero milagro futbolístico. Hace rato que los Abelairas, los Rosales, los Cabral y los Ojeda no deberían ser parte del primer equipo. Pero aquí se presenta el gran problema: ¿quién los reemplaza? No tiene suplentes confiables, lo cual es lógico dado que sus titulares no lo son. Esta realidad pone en jaque a la ilusión.
¿Dónde hay que depositar las ilusiones entonces? En un Ogro Fabbiani que parece tocado por la varita mágica y en un Marcelo Gallardo que con sólo acariciar la pelota denuncia más jerarquía que cualquiera de los jugadores de este River. ¿Dónde más? En que Buonanotte vuelva a ser, alentado por el Muñeco. En que Falcao siga así, acompañado por Fabbiani. En que Augusto siga en franca mejoría. En que Barbosa (o Vega) pueda hacerse el dueño de los tres palos. Por ahí pasan las esperanzas de este River al menos en el primer semestre de 2009, casi en el fin de la era Aguilar. Que la única buena noticia que reciban los hinchas de acá a 2010 sean las elecciones depende de que también se desarrolle lo descripto anteriormente en este mismo párrafo. Si no habrá que esperar a diciembre y, mientras tanto, cerrar los ojos.
Foto: Fotobaires