Se termina -por fin- el año más doloroso en la historia de River. Se termina un 2011 en el que el hincha pagó las consecuencias de ocho años de una gestión inescrupulosa sumada a otros dos de una gestión arrogante y autoritaria, pero al mismo tiempo ingenua. Esa que, producto de su soberbia, creyó que podría gobernar llevándose el mundo por delante. Así les fue, así nos fue.
River arrancó su año el 5 de enero, con un faltazo de Ortega producto de una indisgestión por “comida chatarra”, una amenaza de Passarella a modo de advertencia (“Si hace boludeces, con el Negro no va a jugar”) y la consiguiente ¿decisión de JJ López? de separarlo del plantel. El último ídolo se reunió con su padre deportivo en el Monumental y se marchó a All Boys. En el medio, el técnico repetía una frase que seis meses después se convertiría en la espada de Damocles de la dirigencia: “Sabemos que si no se vende, no vamos a comprar. Yo estoy conforme con el plantel”.
Y Bordagaray, que había llegado a préstamo sin cargo, posaba en el Antonio Vespucio Liberti como único refuerzo para el torneo más importante de la historia. Encima, Passarella negaba a Camoranesi y Seveso operaba a Carrizo por una lesión de pretemporada: casi dos meses afuera. Pese a ello, el plantel irradiaba optmismo gracias a la racha ganadora que había encumbrado tras la salida de Cappa. Buonanotte prometía irse al Málaga con un título y Pavone fantaseaba con dar la vuelta en los calzoncillos que tantas veces había modelado.
Cómo habrá sido, que a la tercera fecha del Apertura todo el mundo hablaba del River puntero y candidato. Tigre, Huracán e Independiente -guapeza de Pavone mediante- habían quedado atrás. Pero luego llegó el empate frente a Argentinos, en el que equipo terminó por develar que en realidad no jugaba a nada. Y como muestra de que no todo era color de rosas, Almeyda se hartó de “la falta de profesionalidad” de algunos pibes y acogotó a Mauro Díaz en una práctica. Detrás de ello, vino la pifia garrafal de Chichizola y la primera derrota del torneo, frente al Vélez de Silva. Entonces, Carrizo regresó a la titualidad, pero de todas formas River acumuló contra Arsenal su tercer partido sin ganar.
Newell’s, Quilmes y Bandield fueron las víctimas de la aparente resurrección. Caruso metió un doblete frente a los rosarinos, Lamela-Ferrari le dieron forma al gol más lindo del campeonato para sacarse de encima al Cervecero y Pavone reapareció para aniquilar al Taladro. Iban nueve fechas del torneo y River, que parecía que iba, miraba a todos nuevamente desde arriba. Aunque en paralelo, la interna política crecía: de un lado, amenazas a dirigentes, pintadas a jugadores y puertas del estadio bloqueadas por barras; y del otro, Passarella apuntaba contra “algún muchachito que está haciendo política, que dice querer al club, pero todo de boquilla”. Meses después, para el presidente, ese muchachito se transformaría en un “pez gordo”.
Y para JJ, un empate mezquino ante un Gimnasia desahuciado significaría “ganar un punto”. Con esa misma mentalidad, River también perdió ante Godoy Cruz de local. Ganaba 1-0 al término del primer tiempo, pero se lo empataron en el inicio del segundo y se lo terminaron dando vuelta poco después de que el técnico millonario comprendiera que debía buscar la victoria. Tarde, muy tarde, JJ. En ese encuentro además La Banda sufrió el preludio de lo que ocurriría en La Boca: el árbitro Loustau le anuló un gol a Pavone para cobrar una falta en favor de River…
Después vino la victoria en Avellaneda, frente a Racing, que se vivió como una verdadera hazaña, pero que terminó significando el último triunfo de River en aquél fatídico semestre. Gran parte de esa victoria fue mérito de Carrizo, como ocurrió en otros tantos partidos. Pero a partir de la derrota con All Boys, en la fecha siguiente, el arquero empezó a vivir una debacle individual que terminó por lapidar la última garantía que le quedaba al equipo.
Lo que siguió después no hace falta siquiera recordarlo, es parte de la memoria más angustiante de todos los hinchas de River. Esa misma que -aún seis meses después- mantiene inalterable aquel 26 de junio jamás pensado, nunca imaginado, que llenó de dolor y bronca a millones de personas. Hoy, el equipo busca recuperar el lugar que le corresponde por historia, por grandeza, y sus hinchas lo acompañan fiel a su costumbre, copando hasta la cancha más recóndita que le toca visitar a la camiseta. Pero que nadie crea que el dolor por el descenso ya es cosa del pasado. Ellos, cada uno de los responsables de este presente, jamás tendrán olvido ni perdón.