En medio de un partido en el que Central y River se conformaron con el empate, el equipo de Almeyda fue el que más perdió. Porque resultó apenas mayor que su rival y porque tenía la obligación de ganar. Pero sobre todo porque, a tres fechas del final, desperdició otra oportunidad de despegarse de Instituto.

Mitad lleno, mitad vacío. Según como se quiera ver, el empate en el Gigante de Arroyito fue levemente positivo o medianamente negativo. Los más optimistas rescatarán que River no perdió en una cancha más que complicada, en la que Rosario Central se mantuvo invicto en toda la temporada, y en la que además La Banda logró un punto que le sirve para seguir dependiendo de sí mismo.

Pero la realidad es que River desperdició otra final. En primer lugar, porque generó las jugadas más claras del partido: en el primer tiempo, tuvo chances a través de Trezeguet y el Chori, mientras que en el complemento -pese a que el desarrollo del encuentro fue todavía más parejo- tuvo un cabezazo de Maidana, un remate de Ocampos desde afuera del área y un centro peligroso de Domínguez.

Y en segundo lugar, porque no supo hacer la diferencia aun habiendo neutralizado a la delantera más goleadora del torneo (Castillejos-Medina-Biglieri). Entonces, se terminó conformando con un empate cuando llegó a Rosario con la imperiosa necesidad de ganar.

Ahí radica el error, porque esa necesidad debió convertirse en obligación luego de la igualdad de Instituto en Mendoza, ya que le significaba al Millonario una nueva oportunidad para despegarse del conjunto cordobés. Sin embargo, River no la supo aprovechar y, a tres fechas del final, su ascenso directo continúa resultando una incógnita.