Con la distinción de ayer en la legislatura porteña, el Pelado le sumó un nuevo reconocimiento a una trayectoria signada por el éxito, la superación personal y la caballerosidad deportiva. Pero por sobre todo, le sumó un galardón a una trayectoria enmarcada por un rol social fuera del campo de juego digno de imitar.
Siempre se creyó ajeno al ambiente del fútbol. O mejor dicho, a los personajes que opacaban -y todavía opacan- el fútbol. Por eso, incluso antes de partir rumbo a Europa bajo una transferencia récord para el fútbol argentino, Matías Almeyda juró que se retiraría de la actividad profesional cuando su estómago ya no soportara tanta ambición convertida en miseria.
Y así lo hizo, o por lo menos así lo intentó. Pero se dio cuenta que, más allá de esos personajes que estuvieron siempre y que parecen destinados a perpetuarse en la eternidad, el fútbol era su vida, su pasión, sus ganas, su principal motivación. Entonces volvió: a entrenarse, concentrarse y jugar. A defender esa camiseta que tanto quiso volver a vestir pero que durante muchos años debió amar a la distancia.
Volvió para empezar de cero, como si sus pergaminos hubieran prescripto. Como si haber integrado uno de los dos equipos de River campeones de América no significara gran cosa. Fiel a su perfil bajo, se metió en el vestuario de un River a la deriva y bajo un sinfín de dudas. Para muchos, para todos, era un jugador retirado.
Aunque, a base de sacrificio, voz de mando y dando el ejemplo, terminó sorprendiendo hasta aquellos técnicos que se animaron a sindicarlo como “un buen suplente”… Ojalá, Don Angel, tu River hubiera tenido once suplentes como Almeyda. Once como aquel que -aun con su edad a cuestas- se convirtió en el mejor reflejo del hincha adentro de una cancha.
Huevo, pasión y amor por la camiseta como pocos. Un león como en los momentos de gloria, también en el peor momento de la historia. Esa historia que a su capítulo como futbolista le guardó el final más doloroso de todos, pero que como técnico promete darle un final acorde a sus ganas de superarse constantemente.
Acorde al esfuerzo con el que trabaja día a día y con el que mantiene unido a un plantel que durante los últimos ocho meses fue constantemente golpeado. Pero por sobre todo, acorde a la humildad con la que -a la hora de ayudar- deja atrás lo deportivo, junto a su capa de ídolo, para ponerse a la altura de quienes más lo necesitan. Así, respetando su idiosincrasia, fiel a su estilo, más bien típico de una leyenda.
Algunas fotos del reconocimiento a Almeyda: Créditos – Ubaldo Kunz