El Pelado jugó por él y por los demás, con mucha garra e inteligencia para elegir la mejor opción de pase en cada acción. Sin embargo, un solo jugador no puede torcer la historia y terminó dolido en el vestuario local.
Fue el abrazo más triste de su vida futbolística. Habían pasado pocos minutos desde que la Promoción se transformó en una realidad y Matías Almeyda lloró desconsolado junto con sus hijas. El clima era de shock absoluto en el plantel y el ídolo de 37 años se quebró por completo.
Con la cuota de actitud habitual y una capacidad enorme para no perder los estribos mientras el reloj apretaba, el mediocampista central tuvo una actuación sobresaliente en el segundo tiempo. Dejó la vida, corrió como nunca, se puso el equipo al hombro en más de una ocasión y mostró destellos propios de un volante ofensivo.
A los 32 minutos del complemento, una imagen resumió la concentración y el corazón de Almeyda: Agustín Marchesín buscó a Carlos Araujo para que fuera la salida, pero el Pelado lo asfixió enseguida. ¿Más? Dio un pase tan lujoso como efectivo con el pecho y en otra jugada habilitó a Leandro Caruso, cuyo derechazo se fue cerca.
Lamentablemente, Almeyda no tuvo su recompensa merecida contra Lanús. Pero su manera de sentir los colores emocionó una vez más y es un ejemplo a seguir para sus compañeros. Ojalá que la historia se revierta frente a Belgrano, no sólo por lo que representan los 110 años de River, sino también por un símbolo como el Pelado.