Ganar siempre nos da alegría y nos mejora el fin de semana. Sabemos que existen triunfos que sólo sirven para sumar tres puntos y que también hay triunfos que potencian y fortalecen la confianza. Este 2 a 1 conseguido por River ante Atlético Tucumán tiene un poco de las dos cosas.

El equipo de Leo Ponzio ganó en una cancha últimamente esquiva y complicada. Lo hizo merecidamente después de un primer tiempo en el que mostró una de sus mejores versiones recientes. De a poco River se va volviendo a parecer a River. Tuvo intención, protagonismo, circulación, agresividad y una idea de juego clara que ya empieza a distinguirse. Al buen funcionamiento colectivo hay que mencionar los rendimientos individuales que se destacan.

Uno de ellos es el de Tobías Andrada. Gran abanderado de esta recuperación que se va construyendo partido a partido y dueño de una actuación que invita a pensar que su rol en este River puede ser determinante. El ex hombre de Vélez aparece cuando el futbol de Thiago Almada y el desequilibrio de Ángel Correa se toman un descanso. El 50 no para nunca. Corta, juega, conecta, pisa el área, hace goles y ya es indispensable.

Esos 45 minutos fueron de una superioridad muy marcada en el trámite del partido, pero no en el resultado. Hay una cuestión que River no puede esconder debajo de esta victoria. El aspecto defensivo sigue siendo una deuda. Y una deuda cada vez más evidente. Porque una cosa es tener un error aislado y otra muy distinta es que el error defensivo sea una constante. Y a River le viene pasando todos los partidos.

Volvió a recibir un gol por una falla en el juego aéreo que ya tiene demasiados antecedentes. Desatenciones, pérdidas de marca, falta de concentración y malas decisiones. Son todas situaciones que el rival de turno aprovecha y que nos terminan obligando a sufrir partidos que se podrían controlar de otra manera. Y esto no es un detalle menor. Porque River puede tener buenos momentos de fútbol, puede generar situaciones, puede contar con jugadores capaces de resolver partidos y puede tener la personalidad para ir a buscar el triunfo hasta el final, pero cuando un equipo concede demasiado por errores propios, termina jugando siempre al límite. Y en los playoffs, o los encuentros decisivos, esos límites se pagan caro.

Ya nos pasó muchas veces. En la Copa con los colombianos y recientemente con Vélez en el Monumental. Ante Banfield e Independiente Rivadavia también, pero las victorias maquillan muchas veces los errores. Por eso este triunfo en Tucumán debe ser celebrado, pero también debe servir como advertencia. River no puede depender de convertir 3 o 4 goles para asegurar un resultado o anotar sobre el final para corregir lo que antes hizo mal.

Esta vez lo consiguió gracias a que Juan Cruz Meza generó la acción y Tiago Almada apareció para definir.  River se llevó tres puntos enormes y evitó un 1 a 1 que si era el resultado final hubiese generado enojos y reproches. No siempre va a existir ese último ataque, esa última pelota o ese jugador capaz de resolver. River todavía se debe un triunfo holgado y tranquilo.

La buena noticia es que el problema parece tener solución, porque el equipo de Ponzio está recuperando el nivel de juego y eso es precisamente lo que puede ayudarlo a manejar mejor los partidos. Control del trámite, posesiones largas, presión, intensidad y concentración colectiva son todos atributos necesarios a la hora de imponer un dominio. Ayer el estado de la cancha complicó esa idea. Pesado, mojado por culpa de una intensa lluvia, impidió el adecuado manejo de la pelota. Sin embargo, siempre intentó, nunca tomó la decisión de meterse atrás. El DT entiende que la mejor manera es yendo a buscar y eso es para valorar.

Si River juega como jugó en buena parte del primer tiempo, defiende mejor porque somete al rival y lo mantiene lejos de su área. La tarea a realizar entonces es sostenerlo durante los 90 minutos. Logrando el funcionamiento ofensivo, adecuado también puede conseguir una consecuencia positiva en defensa. River debe dejar de regalarse y desconcentrarse. No puede convivir con la dura obligación de remontar un resultado por culpa y responsabilidad de sus propios errores. Si logra corregir eso, el panorama puede ser todavía más alentador. Porque arriba estamos bien y tenemos con qué. Porque las victorias comienzan a aparecer y es un gran síntoma.

Hoy River se acomoda en la tabla pensando en estar entre los 8 y clasificar a la rueda final. También mejora su posición en la tabla anual, con el objetivo primario puesto en ingresar a la Libertadores 2027 pero también empieza a permitirse mirar hacia el campeonato que otorga salir primero. Quien observó jugar a River estos últimos partidos sabe que no es una ilusión desmedida. Es una posibilidad que empieza a construirse a partir de resultados y, sobre todo, de una evolución futbolística que se empieza a notar.

Está recuperando un estilo, una idea y fundamentalmente está recuperando su confianza. Le falta recuperar un aspecto decisivo e importante: la seguridad defensiva. Porque un equipo que pretende ser campeón no puede depender permanentemente de su capacidad para reaccionar en situaciones límites. Tiene que aprender a no equivocarse tanto. Y ahí está el próximo gran desafío de River.

El triunfo de Tucumán invita a ilusionarse. El juego mostrado en el primer tiempo también. La reacción después del empate, mucho más, pero si este River quiere llegar hasta el final y ser campeón, hay una condición indispensable: dejar de regalar tanto atrás. Porque la memoria futbolística está volviendo y para afianzarla hay que tratar de mantener con más frecuencia el cero en el arco. Esa puede ser la diferencia entre un River que simplemente compite y un River que realmente puede salir campeón.