Una negociación que se destapó de la noche a la mañana. Un cruce mediático muy duro y crudo entre ambas dirigencias. Una expectativa altísima de gran parte de los hinchas. Una inversión fuertísima de dinero para destrabar una cláusula de rescisión que apareció como la única llave para cumplir lo que también era el deseo del futbolista. En las generales del fútbol toda esa combinación suele ser explosiva y una vez cada mil son historias que terminan bien. Y lamentablemente el caso Maximiliano Salas y su paso por River no fue la excepción a la regla.

Su llegada provocó ese gran entusiasmo y sus dos primeros meses fueron los más aprobados de su rendimiento en el club. Aquel festejo emulando al chileno Marcelo que lleva su mismo apellido fue una primera linda caricia hacia la nostalgia del hincha, y luego no con tantos goles pero sí con un contagio total hacia sus compañeros intentó cambiarle la cara a un funcionamiento ofensivo que con Marcelo Gallardo nunca encontró soluciones. Más tarde con Coudet quedó marginado en la consideración hasta las últimas semanas del semestre donde encontró algo más de continuidad pero sin brillar en su máximo esplendor.

Así fue que toda la algarabía de los primeros tiempos se fue diluyendo y en su versión el 2026 el zurdo no pudo sobresalir nunca de la media pobre que promediaron el gran grueso de sus compañeros de plantel, entendiendo también que el funcionamiento colectivo siempre fue un obstáculo más no solo para él sino para los rendimientos individuales en general, sobre todo cuando se trata de alguien que viene de afuera y necesita adaptación rápida al mundo riverplatense.

Del entusiasmo al fracaso en River

Queda la sensación latente que desde lo futbolístico nunca pudo estar a la altura pese a que hizo goles muy importantes para darle vida a River en situaciones clave del semestre pasado como frente a Palmeiras y frente a Racing en Rosario, y que también el gol sobre la hora en Venezuela con Matías Viña en el arco puede llegar a ser muy recordado si en diciembre la historia con la Sudamericana termina de la mejor manera. Regaló más momentos puntuales que actuaciones consistentes, y eso en un club como River se paga caro.

El hincha en algunos momentos lo reprobó, y aunque nunca llegó a ser de los más cuestionados a los niveles altos de otros futbolistas la sensación fue que nunca pudo terminar de entrar en el convencimiento de la gente, y que sus características más luchadoras que técnicas en sí son difíciles de convencer para el paladar riverplatense.

River pagó 8 millones de dólares por Salas y es casi un hecho que no podrá recuperar esa inversión.

Es que estrictamente desde el aporte general al equipo fueron más muestras de actitud que de buen juego en sí, mezclado con una mentalidad positiva que en comparación al grueso de sus compañeros sí fue superior al resto. Pero desde lo técnico y desde las soluciones en cancha nunca pudo hacer un diferencial, y nunca demostró haber merecido más chances de las que tuvo. No logró justificar nunca tamaña inversión de casi 10 millones de euros si se contempla no solo la cláusula sino también los gastos extra ligados a lo impositivo y administrativo.

El sobreprecio pagado no es culpa de Salas

Es cierto que no fue su culpa que lo hayan pagado mucho más de lo que quizás valía desde lo económico, y que tanto Gallardo como Coudet lo utilizaron casi siempre como centrodelantero cuando en Racing había demostrado que sus mejores virtudes se vieron como wing izquierdo neto, abasteciendo al nueve de turno. Pero la realidad es que, más allá de las cuestiones estratégicas, nunca pudo desarrollar un potencial que esté a la altura del escudo, y a la larga toda esa plata que se pagó por él en caliente terminó siendo una presión mucho más grande a sus espaldas porque las miradas se multiplicaron al triple.

El fútbol es ilógico desde el minuto uno al 90 y cualquier cosa siempre puede pasar, pero fuera del campo generalmente lo que arranca muy torcido suele terminar con el mismo tono. Fue una pena porque Maxi llegó con un genuino y evidente hambre a intentar triunfar en el club y cumplir su sueño de toda una vida, e intentó con coraje y corazón saciar toda esa expectativa. Quedó corto en el intento y su salida está justificada, pero lejos estuvo de ser vergonzoso e impresentable. A su manera supo cómo pelearla y eso también se valora. Los mejores deseos para su próximo destino y en todo lo que reste de carrera.