Astrada supo cambiar a tiempo y ésa fue la clave del triunfo. No lo traicionó la pasión como al asesino del filme de Campanella. Hizo una inteligente lectura de los errores cometidos contra Banfield y River volvió a cosechar tres puntos, importantes de cara al futuro por los cambios de orden táctico que evidenciaron una saludable predisposición a no golpearse dos veces con la misma piedra.
Una victoria que renueva las esperanzas. Se vio otro River. Cartesiano al máximo, el Jefe tomó nota de las macanas del domingo pasado, tuvo autocrítica y no le tembló el pulso para acomodar correctamente las piezas del equipo. Más allá de las ausencias obligadas de Díaz y Ferrero, este periodista aseveró aquí que los cambios no pasaban tanto por los nombres y se cometía el riesgo de convertir a algunos jugadores en chivos expiatorios, sino se entendía que el principal error había sido utilizar una táctica equivocada.
El Jefe supo absorber la presión que significaron las justificadas críticas del debut, aunque su verdadero acierto estuvo en pensar el “cómo” (la estrategia) antes que el “con quién” (la logística). Habida cuenta de los 15.000.000 de formaciones que le armaron los hinchas y el periodismo del domingo al día de hoy. Desde esta columna se pedía “paciencia” y “sorpresa”, dos conceptos que tácticamente parecen contrapuestos pero sin embargo se complementan. El ajedrez utilizado fue armar una línea de tres en el fondo, con Almeyda de último hombre, sobrando, y una de cuatro volantes en el medio.
Dos bien abiertos por afuera. Uno, Ferrari, a quien le reclamábamos más llegada al área… y vaya si lo hizo. Con dos pases a la red, concretó dos golazos. El segundo con una elaboración magistral de la jugada de Rojas -hizo todo bien-. Por la otra banda el Pitu, bien abierto, haciendo ancha la cancha, para ir y venir y meter un par de centros de gol que no llegaron a destino por poco. El hecho de que un defensor, hoy volante por derecha, haya convertido un doblete, no es casualidad. Es una señal clarísima del cambio posicional que se pedía. Esa fue una de las sorpresas.
La paciencia duró 20 minutos, lo que le llevó al equipo acomodarse en la cancha. Ahumada sintió el parate y Barrado ganó y perdió ante un equipo como Chaca, que intenta jugar, es rápido y tiene volantes incisivos, como Morales. Luego del primer gol, Rojas se adueñó del partido, armó sociedad con Ortega -todavía le falta- y se vio lo mejor del equipo hasta el final de la primera etapa.
Ya en el complemento, el cambio obligado de Ahumada y el enroque Almeyda al medio y Coronel al fondo generó cierto desasosiego. Y como el rival juega y Chaca fue a buscar con todo, River aguantó, primero bien, perdiendo contras increíbles y al final, tambaleando, resucitando los viejos problemas que padece con pelota parada.
Los cambios, acertado el de Ortega, quizá debió entrar Bou por él y no Canales. El de Funes Mori estuvo bien, aunque hay que reconocer el trabajo que hizo el pibe picando y picando por todo el frente de ataque. Lo de Rojas fue brillante, no quisiera caer en la tentación del exitista .Pero le vi cosas de Riquelme con algo menos de técnica pero más recorrido y lucha. Si mantiene este nivel, ¡mamá!
River pudo hacer el cuarto y Chaca, empatar. El final fue de Hitchcok, la psicosis del alargue, nos hizo recorrer un frío en la espalda. Por suerte el final repetido de tantas películas viejas no se produjo. El hombre de negro se congració con la ley y cobró plancha, cuando la mayoría de los jueces aplican el siga, siga.
Esta vez, la película para el Oscar fue “El secreto de la mirada de Astrada”. El guión fue lo más destacado. Pero el final para alquilar balcones. Entresemana misión cumplida. Casi un chiste de humor negro. Una alegría enterrar al Funebrero y vamos por los Canallas, a enterrarlos también.
Imagen: Fotobaires.



