Deberían ser 15 mil o 20 mil entradas, y sólo serán 4.500, que para River es lo mismo que decir nada. Se ha consumado un ultraje a tres vías. Al Millo le robaron el aliento de su gente, a Boca jugar el clásico de arriba y al fútbol le usurparon la pasión, el rezo, el canto y el grito. Definitivamente nos quieren robar la fiesta. ¿Quiénes? los violentos de escritorio. Aquellos profetas de las buenas costumbres y la urbanidad, que son incapaces de sopesar lo riesgos que encierra lo prohibido. Una “ingeniería” diabólica le ha puesto una mordaza al “clásico” del mundo, ese del que habla todo el universo, por el fuego, por la energía, por el calor y por sobre todas las cosas, por la conmovedora entrega de los hinchas. Al clásico le han sacado lo que tiene de religioso, ese sentirse Uno en la multitud. Uno con Dios. Uno con el equipo que eligió estar de novio eternamente. Uno con eso que no se traiciona, con esas escasas muestras de amor incondicional que tiene la vida. River y Boca son lo que no tiene precio, lo que no se vende ni se compra, ni se traiciona.

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Imagen: La Página Millonaria.