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River sin Oktubre

River sin Oktubre

River sin Oktubre

POR PABLO DESIMONE

Fue una tarde que según Cappa, ni Borges podría explicar. Quizá sería más fácil entenderlo desde el “Ji, Ji, Ji” ricotero. Esa revolución futbolera que tanto ansiamos, otra vez fue abortada en su aparición. Fue un “filme velado de blanca noche, el hijo tenaz de tu enemigo, el muy verdugo cuidó distinguido un noche de cristal que se hizo añicos”. Se dilapidaron quizá nuestras esperanzas de pelear arriba. River cayó en la dictadura del gol. Cuando el Lobo parecía un cordero atado, la impericia, el nerviosismo y luego el desasosiego hicieron que ese gatito terminara como un Lobo estepario.

Se aisló cada vez más de nuestro asedio, haciendo posible otro desenlace, que gracias a Carrizo, esta vez no fue. No se puede atribuirle todo a la suerte ni al genio amor del estilo. Faltó inteligencia. Para cazar un gatito hace falta claridad. Imposible lograrlo en una pieza a oscuras. No alcanza ni con la ciencia ni con la voluntad. River jugó 40 minutos como una final. Dispuso de no menos de cinco situaciones clarísimas de gol. Tres tiros en los palos, otra de Román que atajó Sessa y una más de Pavone. El gol no llegó y “fue el oro falso del vermouth que acabó con nuestro cerebro a mordiscones, bebiendo jugo de nuestro corazón”.

Dentallada que también alcanzó al “bueno” de Cappa que sacó en un “absurdaje” inentendible al jugador más desequilibrante del partido, Erik Lamela. ¿Se autoboicoteó?  Se quedó en el banco insólitamente cuando el cambio que pedía el partido era Buonanotte por Mauro Díaz. Y River fue igual, pero a medida de que  transcurrían los minutos, se dejó llevar por la ansiedad de un público que revienta las canchas porque se ilusiona y empuja y empuja tanto, que el equipo se pasa de revoluciones. Claro, éste no es el equipo de Ramón que podía dar 30 toques para hacer salir al rival y ver por dónde se hacen los espacios. Está en formación y la impaciencia se torna en impotencia en la medida en que falla el tiro al blanco. Y cuando Pavone marra las dos que él solito se genera y Ortega no se anima a patear, o a Román le descuelgan un cabezazo imposible al ángulo, empieza a desconfiar de su suerte y se cae.

Ya no había tiempo para hacer del gol “un pase a la red”. El genio amor fue abandonado y la traición al estilo también. Terminó jugando con tres puntas y los centrales a la carga barraca, que cada contra parecía un pelotón de fusilamiento para un Juan Pablo ecuménico.  Entonces, “estoy perdido, pues tengo ideas cada vez menos atrevidas y el lobo aúlla”. Antes, mucho antes cuando era un corderito no supimos matarlo. Era partido de seis puntos contra otro rival que se abroquela, que nos repite un  planteo táctico conservador y no podemos aplicarle nuestro “Oktubre”. No sabemos resolverlo. Hay que revolucionarse, de una vez por todas.

Hubo silbidos, hubo indiferencia y hubo apoyo en ese canto final: “Porque a River lo quiero lo vengo a alentar en las buenas y en las malas mucho más”.  Cappa deberá reflexionar el tema Ortega, la salida del pibe Lamela, la sequía de gol jugando con dos y hasta tres puntas y por sobretodo la falta de serenidad del equipo. Se viene Godoy Cruz, un rival que cambia golpe por golpe. Un buena medida. Pronóstico de partido abierto con más espacios. Estudiantes y Vélez parecen haberse disparado, sin embargo nada está concluido todavía.

Vale la autocrítica, Don Angel. Demasiadas  veces “el aguafiestas” se nos presenta sin avisar. Tal vez se le olvidó su santo sin seña. Habrá que recuperar la propiedad de lo perdido. Amigarnos con el muro de Dios y sus mil garabatos de sueños en la piel. Fue una tardecita ricotera, no borgiana. Quizá por allí podamos entender algo de esta sinrazón: “Cuando la noche es más oscura, se vine el día en tu corazón, sin el Diablo que mea en todas partes”. ¡Aguante River! Que el canto no reclama el desencanto y la fiesta no perdona al “aguafiestas”.


Imagen: La Página Millonaria / Matías Pozzi.


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