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La colilla del faso y el viaje al Sur

La colilla del faso y el viaje al Sur

La colilla del faso y el viaje al Sur

POR PABLO DESIMONE

El viaje al Sur implica un compromiso de riesgo, todos lo sabemos. Y River debe ir con una lección bien aprendida. No puede volver a convertirse en un fumador compulsivo que enciende un cigarrillo con la colilla del otro. La última pitada debería ser la que más se disfruta. Esa que se da con todas las ganas, sabiendo que después no hay más. Que después de apagado el puro viene el relax. ¿A qué viene tanto nerviosismo, a la hora del gong, River? Ese es uno de los elementos psicológicos que el cuerpo técnico deberá analizar a partir de lo sucedido contra Quilmes.

Hubo un pequeño lapso de tensión, disfrazado de distensión, que nos jugó en contra. No tan grave como aquel miedo escénico del equipo del Apertura del 2008, ése “no sé qué” que nos impedía ganar y cuya sombra no termina de abandonarnos.  Es hora de extrema concentración, donde no se pueden cometer descuidos. Hay que trabajar en ese contagio tanto como en el de la definición. Evitar el nerviosismo y el apuro, de querer cerrar los partidos aceleradamente y terminar ansiosos, mirando el reloj, como se lo vio a Lamela en la infracción que devino en el empate del Cervecero. Todo el equipo olvidó que había que defender la última bola de la noche como si fuera la primera.

Si el gol no llega, hay que serenarse, mantener el orden y el control de la pelota. No estamos para “ataques de pánico” que nos dejen paralizados. La lección del “tiro del final” debe ser tomada como un síntoma y no subestimarla, para que de aquí en adelante no nos agarren siesteando. El fútbol no es lento ni rápido, aseguró Cappa sabiamente la semana pasada. Sólo hay que saber manejar los tiempos. De esto se trata.
 
El pucho se apaga totalmente cuando se lo aprieta contra el piso con la suela del zapato
dos o tres veces. Más allá de la “malparida” fortuna que siempre juega en estos casos, sería pueril concederle a la suerte todos los derechos de autor. Esto es fútbol y todo puede suceder. Se vienen partidos claves y hay que estar preparados. Se ha trabajado y bien en la mística de recuperar el estilo pero además el plantel siente la obligación de sumar. Si puede manejar la ansiedad y no caer en distracciones. Si entiende que no se puede cerrar el almacén y  dejar la  puertita de abajo con las llaves puestas. Dará muestras de madurez. En cambio, si se cuelga con nuestros cantos triunfalistas, como un hincha más, fuimos.

Deberá vivir con la cabeza metida en cada instante, cada segundo. Aprender a no brindar antes de descorchar. La pitada final no es el silbato final. Y la psiquis de River todavía no manifestó estar tan en paz. Todavía está confusa. Bipolar, maníaco depresiva, tan poderosa como lábil. Con un pronóstico excelente para recuperarse, pensando en los recambios que posee. Se ha mejorado en  volumen de juego pero, a veces, la mínima desconcentración parece ser la mandíbula de cristal de esos grandes noqueadores que no encuentran el golpe letal y acaban en la lona. Banfield es un equipo que te come el hígado y tiene una base de jugadores muy experimentados, capaces de  reavivar las cenizas de los puchos mal apagados.

Hay que hablarlo, no negarlo,  para que fumar sea un placer y no un dolor de cabeza. Para practicarlo como quien enciende un puro después de hacer el amor. Nunca antes. Dejar colillas de cigarrillo prendidas por ahí puede ser muy riesgoso. Es muy caro para este momento del equipo malgastar el agua, cuando el futuro nos dice que debemos aprender a administrarla. Para regar el semillero y no para apagar más incendios.
Vamos al Sur, sin el gladiador pero con todas las pilas puestas. Después, fumá.


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