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Malparida

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Malparida

POR PABLO DESIMONE

¿A qué cancha fui? A ésa que se nos volvió yira, yira cuando apareció la malparida. Esa suerte que es grela y que te larga parao. A ésa cosa que se llama  “liga” y la quieren disfrazar de ciencia. ¿O a la que estaba en el clímax del “jugando bien o mal, yo te quiero”, festejando una victoria injusta por lo chiquita, a lo “River” hasta el minuto 90? ¿A ésa que no podía ver el partido sentado porque la emoción y la sensación de gusto y placer por el buen juego arrancaba “oooles”, música y disfrute? A ésa que erizaba la piel con cada arranque de Lamela, como si estuviéramos viendo de nuevo al Beto Alonso. A ésa que todos nos mirábamos y nos pellizcábamos como diciéndonos sin hablar: ¡Viva el fútbol, esto es River!

No me resigno a los juicios apócrifos de la “previsibilidad” que hablan de cerrar un partido que en el trámite nunca se abrió para Quilmes. Volvió la perfidia del destino, del Dios Salvaje y lo impredecible de este juego. River fue amante fiel, nunca se traicionó y quizás ese “sinceridio” de tanto erotismo por la pelota, que no pudo concretar en las áreas, lo pagó con esa puñalada mortal. El tiro del final, que a River se le vine negando, le salió otra vez al ladronzuelo que no había disparado ni una bala de sebita. Y se llevó un botín exagerado.

Hay más, porque volvió esa bruja conspiración de arbitrajes horripilantes y de rivales horripilantes que hacen un culto de la brusquedad (con todo afecto, Paco, pero son un horror). Sin querer sumarme a ningún llanto -como escuché por allí sobre las quejas de Cappa del arbitraje- lo primero que tengo para decir es que  Pompei está para el retiro. Dirigió a 50 metros de las jugadas más decisivas de la noche. El codazo a Pavone en el área en el primer tiempo, el penal a Funes Mori en el segundo y el corte de la mejor combinación de la noche con Mauro Díaz de cara al gol. La indiferencia ante el faul táctico como sistema que usaron las tropas de Aníbal y Meiszner. Mucho más tropas de  Hannibal Lecter (el caníbal) que de Aníbal el africano, aquél que desafió a la Roma imperial. Quilmes no se animó a nada. Si hasta a Carrizo lo agarraron frío -extraño en él-. Es que de espectador de lujo se convirtió en un témpano en el empate, cuando ni el brujo de la tribu de los indios Kilmes se hubiera animado a vaticinarlo.

¿A qué cancha fui? A ésa que volvía a demostrar todo su fervor, que daba para prolongar con una  Stout y una picada la tarde primaveral en casa. Y sin embargo, la gente de River  volvió a sellar su compromiso con este presente. Con la popu que reventaba. Con la platea vestida de  popular. Que le dio primero el aplauso a las Leonas, se puso de pie con el himno, saludó a Gerlo y ovacionó al capitán Almeyda,  cuyos pósters de gladiador  que regalaban eran una pieza preciada para los museos caseros.

Fui a la cancha que vio desfilar nuestras huestes hasta la madrugada del lunes con el pecho inflado. Con bronca pero lejos de la tragedia.  Porque estos dos impostores, la derrota con Ñuls o los empates de esta índole, no nos pueden inducir al desengaño. No entran en mi inventario. Yo vi un público feliz, gozoso y goloso. Y un equipo coherente y convencido de que la mejor defensa era seguir buscando el segundo y tercer gol antes que sacar un punta y mandar un volante de marca. Cappa juntó a Ortega, Erik, Buonanotte, Funes Mori y Pavone. Puso en evidencia lo que conceptualmente se busca. Todas las variantes de ataque posible. Todo irreprochable, aunque la pelotita no entrara. Quilmes no daba señales de vida y nada decía que sobre la hora “los caprichos del resultado” nos iban a congelar el júbilo.


Estuve en la mejor función colectiva de River -la del segundo tiempo- que invitaba al sueño de que “hay equipo para más”.. Hasta que apareció la malparida y me dijo que “hay que esperar”, que “está pero no está”. Yo sé que jugando así se va a tener que entregar. Aunque su vida de “yira, yira” se obstine en esta costumbre “aguafiesta”.  Siempre, pero siempre, “el amor es más fuerte”. A no aflojar, Ortega. A no aflojar, Almeyda. A no aflojar, Enano. A vos, capo, a no aflojar. Que las “ligas” son de maricas, no de tipos con aguante como el hincha de River. Ah, salute, mañana en nuestro día.


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