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José Manuel Moreno no usaba gel

José Manuel Moreno no usaba gel
23/09/10VARIOS

José Manuel Moreno no usaba gel

POR PABLO DESIMONE

Ese hombrecito gris era el típico hombre del viejo microcentro porteño. Era una fotografía viva del antiguo oficinista. Desalineado, como galgo flaco, casi un émulo de Discepolín. Look inmodificable de los años 40: zapatos puntiagudos y relucientes, como si hubieran sido repasados por el último lustrabotas. Pantalón y saco oscuros bastante arrugados y amplios. Lo  acompañaban un pulóver bordó y una corbata desparramada sobre el último botón de su camisa desabrochada. Tendría entre 65 y 70 años, no más. Pero sus hombros hundidos y la curvatura incipiente de su espalda no podían disimular cierto abandono personal y una mochila cargada de vaya a saber qué pesares.

Estábamos compartiendo un asado entre hinchas de River y alguien me lo presentó de esta manera: “Este señor es una biblioteca ambulante de River”. Confieso no recordar su nombre y me arrepiento tanto. Es que hoy me parece una irreverencia no haberlo guardado. No se encuentran a la vuelta de la esquina aquellas enciclopedias vivientes como este señor de bajo perfil, que despaciosamente me fue subyugando con sus relatos de “aguafuertes millonarias”.
 
El hielo de la conversación comenzó a romperse de manera bastante formal. Primero fue la realidad política del país; luego, la del club. Todo muy cuidadoso como midiéndonos el uno al otro. De a poco la conversación comenzó a tomar otro rumbo. El hombre soltó las primeras confesiones íntimas de su historia personal. Había tenido un trabajo estable durante más de 35 años en el Banco Nación, hasta que quedó en la calle en la época de Martínez de Hoz, como tantos argentinos. Esa pérdida lo subsumió en una profunda depresión de la que no pudo salir durante muchos años.

Sólo River lo conectaba con la vida. Ni siquiera le alcanzaba todo el afecto dispensado por sus hijos, ya que su mujer lo había abandonado en su peor momento. Cuando la  nostalgia lo empezaba a atormentar, yo lo corté abruptamente. Logré que sus palabras dieran un giro violento y sus ojos se le empezaran a iluminar. “A mí me lo presentaron para hablar de River”, le dije, a lo bestia. Quería sacarlo de esa melancolía crepuscular, de las causas y azares de su abatimiento para instalarlo en los azahares y perfumes de su existencia. Muy tímidamente lo fui llevando, vinitos mediante, hacia el terreno que yo suponía lo podía hacer feliz. En un santiamén, no sé de qué manera, habíamos caído en la comparación Moreno- Maradona.


“Escúcheme -levantaba el tono por primera vez-. ¿Cómo van a comparar a Moreno con Maradona? Con un tipo que erró 14 penales. Es una falta de respeto”.  Yo asentí condescendientemente, quería que me convenciera –sí, al Charro no lo vi- . “Y sí, yo me acuerdo haberlo visto a Diego errar dos penales una misma noche contra Falcioni, cuando jugaba en Argentinos”. Lo estimulé. En ese instante, comenzó a operar una suerte de metamorfosis en ese hombre. La pasión por River comenzaba a pistonear cada uno de sus pensamientos. Aquel rictus de hombrecito inerte se había desdibujado totalmente de su rostro. Alzó la voz y muchos  se dieron vuelta.

“¡Usted sabe lo que fue la vuelta del Charro de México! Allá venían Frida Kahlo, Diego Rivera y él. Los más grandes artistas de su época. Mire -se encendía cada vez más- yo tenía 11 años. El partido se jugaba a las tres de la tarde y a las 11 ya no se podía caminar por los alrededores de Ferro”. Sus pupilas parecían estallar de emoción. “¿Sabe desde dónde vi ese partido?”, me preguntó.

“¿De adentro de la cancha?”, le respondí, siguiéndole el juego. “¿Vio donde se juntan el alambrado de la popular y lo que hoy es la platea de cemento que da a las vías? Bueno, ahí. Me tiraron de todo para que me baje. ¡Minga me iba a bajar! Me puteaban: ‘¡Mocoso de mierda, salí de ahí!’, me gritaban! Pero ¡qué me iba a bajar, tenía el culo todo raspado, vea, pero yo quería verlo a José!”. Ya no era él. La adrenalina de su evocación lo resucitaba. Se iba irrigando como una magnolia sedienta y florecía exaltante a medida de que le venían más imágenes de aquella tarde gloriosa.  “Ese día hizo tres goles -continuó- y lo sacaron en andas. Moreno fue un prócer. Tenía un físico escultural, cabeceaba como los dioses. Era guapo en serio. Un día, en La Plata, hasta salió en defensa de un árbitro. Era un tipo íntegro, justo. Pero ¡cómo le gustaba la noche!

“¿Ya había botineras?”- pregunté medio en joda.
“Má qué botineras, el Charro nunca necesitó garpar un mango. Vivió a full. ¡Mámita! En México salía de garufa con Cantinflas, María Félix, hasta con Bette Davis. Después le pusieron “el fanfa” acá. Pero tenía con qué fanfear, ¿eh?”.
“Ah, no era como Ricky Fort, entonces”, acoté irónicamente.
“¡Ese salame!”, se enojó fuertemente. “El Charro era un eximio bailarín de tango. Siempre decía que el mejor entrenamiento era bailar tango. Como gran malabarista del balón que fue, tenía razón. Afirmaba convencido: “Llevás el ritmo, lo cambiás en una corrida, manejás los perfiles y hacés trabajo de cintura y de piernas”. Durante una semana no lo dejaron trasnochar. Lo tuvieron a raya, no lo dejaron probar el vino. Ese domingo jugó pésimo. Cuando terminó el partido, broncaba: “¡Nunca más me hacen tomar leche!”.

El hombrecito se iba estirando lentamente. La presencia taciturna del inicio ya se había esfumado. Hasta el timbre de voz le había cambiado. Ahora, era energía pura. ¿Qué me voy acordar por qué vasito íbamos? El tema es que cada vez enfatizaba más su admiración por Moreno. Allí caí en la cuenta de que todo lo que me había contado mi viejo acerca de ese mito riverplatense, tenía visos de realidad.

“¡Qué me lo van a comparar con Maradona!”. “¿Qué ganó Boca con Maradona? ¿Y en Argentinos?”. Su mano derecha se agitaba y cada tanto el dedo índice se elevaba admonitoreamente. Ni contradecirlo, para ese entonces. Su postura evitaba posibles refutaciones que en el fondo uno las tenía. Pero ¿qué decir en estos casos?.
“¿Sabe lo que hizo el Charro cuando era técnico de Medellín de Colombia?”, me sentí un ignorante total. “Iba perdiendo un partido con Boca de la Argentina y sus jugadores no daban pie con bola. Tenía 45 años, se cambió, se metió en la cancha, hizo dos goles y Medellín ganó”. “¡Eh, viejo, pero era Dios!”, le contesté. Esto ya me parecía demasiado exagerado.

“Mire, usted podría ser mi hijo, pregúntele a su padre, si tiene suerte de tenerlo, a ver qué opina”. “Ya le pregunté”, le respondí.
“¿Y que le respondió?”.
“Que sí, que era Dios”, terminé aceptando mansamente su tono inquisidor. Y agregué: “Para mi viejo: primero Moreno, después Maradona. Igual que para Di Stéfano”. “Vio, vio que tengo razón, no resisten la comparación”, replicó. Me di por vencido. Me convenció.

Nos despedimos con cortesía, prometiendo seguirla en otro momento. Eso sí, yo estaba medio mareado. Cuando lo vi retirarse, indudablemente había crecido como 20 centímetros y estaba erecto. Caminaba con el pecho inflado, bien erguido. Su joroba se había expandido hacia lo largo y lo ancho de su espalda. Si hasta parecía que le habían crecido los bigotes, que tenía rulitos y que se peinaba con glostora. No con gel, como el salame de Fort.



Imagen: Revista El Gráfico


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