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El único campeón visitante, la memoria "Quemada"

El único campeón visitante, la memoria "Quemada"

El único campeón visitante, la memoria "Quemada"

POR PABLO DESIMONE

La estrechez lingüística a veces nos hace perder precisión en los títulos. Calibre que nunca le falló al que para mí fue el último wing del futbol argentino Oscar Alberto Ortiz. Entonces, voy a corregirme: “Desborde del “Negro” Ortiz”, centro perfecto y  cabezazo de Victor Rodolfo Marchetti. El “Víctor de Florida” fue goleador y River campeón del Metro ‘77. Único caso, seguramente, de un equipo que  tiene que jugar todos sus partidos de visitante y gana el título. La cancha del globo fue el escenario donde River afrontó ese torneo, debido a las obras que se estaban realizando en el Monumental en relación con el Mundial de 1978.


Volver a la “Quema” siempre trae recuerdos y anécdotas. Ver por primera vez a Pelé, la “vuelta” del Beto Alonso, los grandes goles de Cavenaghi y -por sobre todas las cosas-, la magia del mago “Fafa”, apodo que se ganó con absoluta justicia por el Negrito Ortiz. Todavía también puedo vislumbrar entre los flacos cabellos de mi viejo una cicatriz que guarda de la salida de un clásico el día de la inauguración del Ducó. Había ido a ver a la Saeta Rubia y terminó suturado en el hospital Pirovano. Y sino, puedo recordar otra foto más fresca y dolorosa, la del cordobés Capilla Anglada, con la remera del leoncito, ahí, a puro grito en la popular cuando ya era figura reconocida de la tele, a una semana del trágico accidente donde perdió la vida.


Aquel campeón contó con la ausencia de Alonso, vendido al Olympique de Marsella, y si bien Alejandro Sabella pedía pista, Angelito Labruna optó por repatriar de Unión a un goleador como Marchetti, a quien él mismo había hecho debutar en River en 1969. También llegaron Héctor Pitarch, Seppaquerccia, Saporiti, Ibrahim Hallar, y el gran “Nene” Comisso. Claro, el año ‘76 había tenido el peor final para River y Labruna quería revancha rápido. Fuimos a la Quema con un esquema en formación. Atrás se armó una línea de cuatro impecable. De memoria, Fillol, “El Sapo”, Perfumo (Lonardi), Passarella y el Gorrión López. En el medio, Merlo, Jota Jota y Marchetti (Sabella); y arriba: el “Borracho”, Pedro González, Luque y “el intocable” Ortiz.


Ortiz fue el Nicolino Locche del fútbol. Era uno de esos jugadores que invitaban a ir a la cancha por su sola presencia. Tenía el saber de lo absurdo. Invisibles quiebres de cintura. Arranque, freno, punto muerto y salir derrapando. Intangible para las piernas que lo querían cortar. Parecía detener el tiempo y hacer enloquecer al voltímetro, pasando por lo bordes hasta la raya, sorprendiendo a todos de lo que ya estaban advertidos. Avanzaba con sus zigzagueantes contorsiones de cadera para hacer de la simpleza del centro la perfección del fútbol. No hacía goles. Casi no le interesaban. Era un hacedor de goleadores. Lo supo el Gringo Scotta en San Lorenzo y lo aprovechó al máximo Marchetti en River, que en ese Metropolitano hizo 22 goles.


Volver a la Quema siempre es una invitación a la memoria. Porque nos devuelve la alegría de volver a ver al último wing argentino. Ese que nos hacía ocupar un lugar siempre cerca del costado por donde él avergonzaba a sus marcadores. Y porque ese torneo tuvo un desenlace épico, con el triunfo en la penúltima fecha en La Bombonera, cuando un empate no servía y el Rojo (que después ganó el Nacional) estuvo a punto de arrebatarnos la punta. Sin embargo, esa semana todavía quedará grabada en mi retina. El miércoles había que ganarle sí o sí a Boca. Y más obligación dar presente. Y después con Ferro se hizo un trámite. Cantamos desde el estadio  hasta Parque Lezama y el domingo dimos la vuelta.


El lunes, el Gráfico reflejaba aquél abrazo victorioso del equipo con el título de “La gloria de ganar en La Boca”, y a Pedrito llevado en hombros, de cara a las dos bandejas de Brandsen, entregando sus brazos y sus manos abiertas, como queriendo abrazarnos en un cuadro inmortal: “El goleador y su tribuna”.


Estamos volviendo a Patricios, para copar, para cantar y para jugar en un estadio que tiene memoria de buen fútbol. Como esa sociedad que para los que no la vieron fue todo un símbolo: “Centro de Ortiz, gol de Marchetti”. La parábola exacta, la sien letal. Memorias de la “Quema”, casi casi incineradas. ¡Como si fuera poca cosa ser campeón fuera de casa! Allá vamos. Haciendo justicia con aquella historia para hacer más intensa esta ilusión renovada.


 


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