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Hay que sacar a Ortega... Gente grande, che

Hay que sacar a Ortega... Gente grande, che

Hay que sacar a Ortega... Gente grande, che

POR PABLO DESIMONE

Ortega es un elegido del fútbol. Todos lo sabemos y por eso es el ídolo más grande de River de esta década. Sabemos de sus altibajos anímicos y de su edad. Pero lo bancamos no sólo porque es de River, sino porque es uno de los pocos jugadores del fútbol argentino capaz de sacar un conejo de la galera en el momento más difícil de un partido  y cambiar un resultado. Tal como pasó ayer.

Corría 30 minutos del primer tiempo y un señor maduro vituperaba incansablemente. Años de seguir a River, seguramente, no había aprendido la lección. Comenzó con el latiguillo insufrible. “Jugamos con uno menos”. “No puede parar una pelota”. Ortega era el blanco fijo. Toda la impotencia que futbolísticamente manifestó River en la primera etapa parecía única y exclusiva responsabilidad del Burrito, que por cierto había estado muy impreciso en las entregas. Lo mismo le había ocurrido a los tres enganches. Sin embargo, siempre se le cae al caballo más noble.

Los seis o siete plateístas que lo rodeábamos, nos empezamos a sentir un tanto fastidiosos. Ni que hablar cuando Cappa mandó a la cancha a Affranchinno en lugar de Lanzini. El monólogo shaskpearano cada vez se escuchaba más alto. “Lo está quemando al pibe. No tiene huevos para sacar a Ortega” y no sé cuántas más ingratitudes proferidas que hubo que bancarse. A mi juicio un cambio correcto, para ensanchar la cancha y darle un poco de profundidad por los extremos al ataque. Una fórmula probada, la de Ferrari y el pibe que ya había dado buenos resultados en algunos partidos del Clausura anterior.

Tigre retrocedió totalmente y prácticamente se amuralló. Quedaba la fórmula de tocar corto y muy fino, romper por afuera o embocar algún tiro de media distancia, especialidad de Buonanotte que todavía no recuperó su buena pegada. En todo ese lapso, el de Victoria metió diez jugadores con el cuchillo entre los dientes en los últimos 30 metros de la cancha. Así y toda la levantada de Acevedo, el empuje monumental del “pibe” Almeyda  y todo lo que se armó por derecha hizo que River ganara varios scrowns. Se metió como en una final. Pero no aparecieron los espacios y sin ellos, faltó claridad. No apareció el fútbol que fuimos a ver. No hubo claridad, gambeta, circulación y menos tiki tiki. Rendía sus frutos la guerra gaucha planteada por Caruso.

Segundo cambio. Uno piensa que hay que sacar un defensor, pero guarda con la contra (estaba el fantasma del 1-5 rondando). Película tantas veces repetida. Entonces uno del doble cinco. Si lo toca a Almeyda lo matan -pienso-. Y una lástima por Acevedo que parecía haber encontrado el partido. Pero era el cambio que se imponía para ir a buscar el resultado. Metemos un punta más y vamos, sin tirar el partido al inodoro, como suele ocurrir con la desesperación. Entra Caruso y el “educado” señor de lentes se levanta iracundo, otra vez cuestionando la no salida del Burrito de la cancha. Nadie habla, yo trago saliva.

Claro, entre la angustia de todos, la suma de equivocaciones de Ortega que estaba más errático que otra veces nos llamaron a silencio. Sin embargo, en lo últimos diez minutos, Ariel metió dos o tres asistencias cortas muy inteligentes que mantenían viva la esperanza de  que su genialidad salvadora, apareciera cuando menos lo esperamos. Y sucedió. Como siempre. Iba un minuto de descuento, le puntea por izquierda la pelota a su marcador y queda en posición de gol. Tan grande y genial, como es, no pateó. De zurda sacó un centro seco para la cabeza de Funes Mori, gol y a llorar a Luján.

Pobre hombre, se le cayeron los lentes. Buscaba abrazarse con todos y uno que en la cancha se vuelve “miserable”, le gritaba. “Ahí está Ortega, hablá ahora. Es para vos. ¿Cómo lo vas a putear?”. Pobre hombre, no sabía dónde esconderse. Lo envolvieron las remeras que se agitaban al ritmo del “jugando bien o jugando mal, yo te quiero”.

¡Gente grande! Hemos puteado a Ermindo. Con Francecoli y  Ramón he escuchado decir: “Estos vienen a robar”. Seamos más cuidadosos con los ídolos. Ayer Almeyda se comió la cancha y Ortega salvó la tarde. El equipo “niño” se está armando. Los maduritos fueron un símbolo, cuando las papas quemaban.


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