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Recordando una de piratas

Recordando una de piratas
06/08/10VARIOS

Recordando una de piratas

POR PABLO DESIMONE

Coinciden el Día del Niño y el arranque de River en el Apertura. Se sabe que éste no es un torneo más para el equipo de la banda roja. Nunca como en esta vez deberá surfear la peor tempestad. El “miedo escénico” de la presentación será una prueba de fuego para este equipo “niño”, todavía, que armó Cappa y desborda de optimismo. Será respaldado a lo grande desde las tribunas y desde adentro por unos pequeños “bucaneros” que tienen el mismo ADN que los que retrata esta vieja historia.

Son las 00.30 del lunes 23 de noviembre de 1999. Minutos apenas de pasada la medianoche y de finalizado Fútbol de Primera, Fede, con sus nueve añitos, el más futbolero y gallina de mis tres hijos varones, me pide que cumpla con la habitual rutina. Como si fuera un bebote, todavía tiene “papitis”. Me pide que lo acompañe a acostarse y que hablemos del partido de River de la tarde. Me pide que le desmenuce lo que vimos juntos como si fuera una historia de piratas.

Todavía ambos permanecemos un tanto eufóricos y excitados por la victoria ante Talleres y nada menos por cuatro goles. Mientras intento repasar cada uno de ellos, explicando como un arquitecto su elaboración, voy pispiando cómo empieza a abandonarse al sueño y yo me caigo. Fede hizo de su pieza un museo viviente de River. Las cuatro paredes tapizadas de fotos y posters de la magna historia. El mural me mira. Aimar y Saviola, dos de los que más aparecen, no me sacan los ojos de encima.

El cansancio me vence y sin embargo alguien me sostiene. Como si fueran aquellos viejos cuentos de Perrault, Los Hermanos Green o Lewis Carrol, esas imágenes estampadas me hablan. Así, casi sin darme cuenta me hallo tirando rabonas con Pablito como si estuviera persiguiendo aquel conejo blanco y de ojos rosados de Alicia en el País de las Maravillas. Voy descubriendo un mundo de fantasías del cual no me interesa volver. Me veo junto a Fede de la mano, atravesando la tarde mediterránea del domingo, en medio de la fiesta multicolor roja y blanca, saludando banderas de todo el país. Como fondo suenan bocinas de coches con patentes extrañas que conforman una caravana estremecedora y ensordecedora que copa los accesos a Córdoba Capital.

No queremos despertar, ni Fede ni yo. Queremos prolongar esa felicidad. Nos sentimos en el “país del nunca jamás”, en la tierra donde no se crece, donde siempre se es niño. Allí, donde habitan Peter Pan, el Capitán Garfio y Campanita. Queremos seguir allí para cumplir un sueño: el de los niños campeones de River. Ese que se decía imposible y que estamos cada vez más seguros de poder hacerlo cuanto antes de Navidad. El asalto al “Chateau Boyard” no era tarea de improvisados. Su fama de inexpugnable exigía un ejército de niños valientes. Allí resistían el “Tigre” Gareca conduciendo las huestes del “gigante” Humuoler y del “Atila” Gigena.

Nuestros piratas sabían de cabo a rabo que el ejercito “tallarín” sería un hueso duro de roer. Pero la recompensa era mucho más importante que un arcón repleto de lingotes de oro, doblones y carísimas piezas arqueológicas orientales. El verdadero tesoro era “el pergamino de campeón”, para ello habría que exponerse a todas las peripecias del viaje y construir una revolucionaria  épica infantil.

Vamos siguiendo los hechos como si fuera una película de cartoons o de nuestras heroicas caricaturas vernáculas. Estamos insertos en el mundo de las maravillas y vemos al Tito, el Batman del arco, a Mostaza Lombardi, convertido en Zamba el Rey León, a Trotta en hijitus defendiendo con la vida contra el mal, a Yepes y su elegancia como el Príncipe de la Cenicienta, a Placente siendo el enano bueno de Blancanieves. Y sigo y me topo con el Negro Jefe, Astrada es el patriarca de los pájaros, Coudet es “Quico” y Aimar, nuestra joya riocuartense, el cacique Patoruzito. Saviola es la astucia del beep-beep, Juan Pablo Angel vuela como Tarzán entre las lianas contra las fieras, el Guille Pereyra muestra los dientes como el “gaucho renegau” de Fontanarrosa, Zapata es el “Chavo” por su humildad y a Cardetti, ¿quién podrá defenderlo sino el mismo?, el “Chapulín Colorado”. Además impertérritos, allí como estatuas, se plantan Pedro “Picapiedra” Sarabia y las dos esfinges, la de Ron Damón y su perro sabio y amigo inseparable Mendieta, Omarcito Labruna.

-Pablo... Pablo, despertá. Estás petrificado en la silla, dormido y  hablando solo. Me despierta asustada  mi mujer. “No me quiero despertar, Fede. Quiero seguir soñando junto a vos. Porque mañana en el café, en el laburo, en la escuela, vamos a tener que defender con argumentos este sueño único de chicos campeones. Esto que nadie logró y que River va en camino a hacerlo. Porque este piberío es especial. Hay un tabú impuesto desde un amplio sector del periodismo que asegura que es imposible ser campeón sin antes haber madurado. Venimos de tricampeonatos y sabemos que con Ramón todo es posible. Alguna vez, Daniel Passarella encontró el camino allá por los 90. Estos “piratas” nacieron para romper con cualquier cliché o verdad preestablecida en los manuales del fútbol. Creeme, Fede, que va a ser así. Dejame seguir soñando, falta poco".

Si usted el domingo va al Monumental y ve a este equipo salir con un parche pegado en el ojo, no se sorprenda. Son ellos, intentando construir otro capítulo de su historia de piratas. Con sus patas de palo, su ron, su loro parlanchín, sus dientes de oro y sus fastuosas espadas.

Esta es la historia de un padre que aguarda que cuando Fede sea papá o abuelo, pueda sentarse junto a su prole y acunarlos con las historias de estos aventureros que una tardecita de sol desembarcaron en un fuerte parecido a un estadio de fútbol, para empezar a coronarse como los campeones más jóvenes de la historia del fútbol argentino.


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